“Mi vivencia” (D. Borja Doval, asociado)

Mi nombre es Borja y hoy me ofrecen la oportunidad de compartir con vosotros mi experiencia en estas líneas.

Si hablo de mi experiencia de vida espiritual, de mi vivencia…. sin duda comenzaría, continuaría y acabaría recordando a personas concretas. Si tuviera que resumir mi experiencia de Dios tendría que decir que se resume en la cara de muchas personas, niños y niñas, jóvenes y adultas, que me he ido encontrando por aquí y por allá y que me han acompañado en el camino.

He tenido la fortuna de que la Misión me haya llevado a diferentes países en los que me he encontrado y re-encontrado con Dios a través de ellas. Personas de diferentes edades, de diferentes culturas, en diferentes situaciones sociales, económicas y vitales, de diferentes religiones o vivencias espirituales y con diferentes formas de entender la vida. En esas personas es donde para mí siempre ha aparecido el rostro de Dios.

Para mí, Dios siempre ha estado y está presente en el corazón, la mirada y la necesidad del otro, un Dios que me recuerda que ocurra lo que ocurra, el otro, la de al lado es mi hermana, es mi prójimo.

Mi experiencia de Dios no es la de quien me enseña a querer de primera categoría y de segunda categoría, no me enseña a querer más a la que comparte mi fe, mi cultura (en el caso en que solo tuviera una), mi país, mi frontera, mi situación social o económica. Mi experiencia de Dios me enseña a querer a la otra persona sin adjetivos.

Si hago una acción de gracias por quienes me han enseñado a Dios comenzaría sin duda en mi familia y por mis padres y el amor incondicional que siempre me han enseñado y que hoy en día Ana y yo seguimos trasmitiendo a nuestra hija y nuestro hijo. Mi agradecimiento continúa por los pasillos que recorría en mi colegio en Bilbao siendo un niño y los poster que algún Hermano tenía en su despacho y que me hacían pensar y soñar en un mundo mejor, en un mundo sin violencia y sin guerras. Continúa con los Hermanos misioneros que compartían sus experiencias con nosotros, alumnos de EGB.

Mi agradecimiento, sin duda, pasa por las personas que la vida me regaló trabajando en América Latina y de las que aprendí mil y una lecciones, de las maestras y maestros que trabajando en un despacho, en la escuela más humilde o a la sombra de un árbol, sin pizarras digitales, sin ordenadores, casi sin recursos conseguían que cada minuto de su clase fuera un doctorado. Por la familia que me regaló y de la que aprendo cada día.

También continúa hoy en día con las compañeras y compañeros que desde su labor social y educativa me demuestran su vocación por el que más lo necesita, su vocación por acompañar en su proceso de vida a quién se siente abandonada, por acompañarle en su educación, por acompañar a la joven y al joven que intenta salir adelante buscando y preparándose para un trabajo que siempre es digno. Continúa con las compañeras y compañeros que acompañan a las personas que luchan por salir de una situación que les ha llevado a vivir en la calle, que luchan por tener un hogar, las que acompañan a las jóvenes que no han tenido la suerte de contar con familias que les ayudasen en su carrera por hacerse personas adultas.

A todas ellas y a mi comunidad les estoy enormemente agradecido por enseñarme que Dios está en cada persona, y que no se encierra en piedras, en maderas talladas o en torres altas.

El Dios que La Salle me enseña a descubrir pisa la tierra, muchas veces descalzo, tiene nombre de mujer, duerme bajo el puente de Gehry, en el cajero de mi banco, está en quien lucha porque los fantasmas de su cabeza no le dominen, lucha por conseguir un trabajo y no entiende de mapas ni de muros, ni de vallas, ni de atuendos. El Dios que La Salle me enseña es un Dios que ama y que ama sin discriminar y que te compromete, un Dios que ama como aman los empobrecidos, los niños y las niñas, sin intereses, con todo el corazón y con toda la necesidad.

Gracias por la darme la oportunidad de compartir estas líneas y que la vida nos siga regalando personas de las que preocuparnos y personas a las que amar, personas que viven y piensan de formas diferentes, personas que formamos una enorme y diversa comunidad, porque ahí, porque en ellas, porque en todas ellas estará Dios.

 

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“Mi experiencia de Dios” (Dª. Xisca Artigues, Asociada)

La fe divina es una virtud que mueve a creer con sumisión de espíritu y de corazón todo lo que Dios ha revelado, y con firmeza, todo lo que la Iglesia propone creer. Con sumisión de espíritu porque Dios no puede equivocarse ni querer engañarnos. 

DC1 101,1,3

La gran parte de las cosas en las que creemos en la vida se lo debemos a otras personas. Ellas con su ejemplo y compromiso permiten que sigamos creyendo, sobre todo cuando la fe vacila.
En mi caso la influencia la he recibido de mi familia, de mis padres. Nací, crecí y fui educada en el seno de una familia cristiana. Mis padres me enseñaron a creer, a tener fe, me enseñaron que la presencia de Dios en nuestras vidas es constante y con el tiempo y los años lo he podido comprobar.
He conocido a muchas personas que me han ayudado a crecer como persona, pero lo más importante es que también han tenido mucho que ver con mi crecimiento espiritual. Mis dos hijos son una verdadera bendición, ellos forman parte de este crecer diario. Veo en ellos la presencia de Dios y creo que son su obra.

Toda mi vida ha sido un proceso de transformación y conversión personal hacia el seguimiento de Jesús. Este proceso no lo he hecho sola lo he hecho con otros, para mi ha sido esencial la comunidad cristiana, la comunidad lasaliana.
En ella comparto mi fe, el seguimiento del evangelio, la plegaria.
La fe que me ayuda a sostenerme en momentos difíciles y que compartirla con mi comunidad me hace tanto bien.
Mi fe me ha ayudado a superar muchos de los obstáculos que me he encontrado en el caminar y vivir cada día, me ha hecho fuerte.
(Trabaje en hacer cuanto hiciere con la mira puesta en Dios y por sentimientos de fe)
En la comunidad vivo el evangelio, todos somos seguidores de Jesucristo. Leer el evangelio y traerlo a nuestras vidas y a nuestras realidades es una forma de vivirlo y enriquece nuestro hacer cotidiano. Me ayuda a ser mejor persona y a mirar todas las cosas con los ojos de la fe.
(Jesús no vino a anunciarnos tantas verdades santas de moral cristiana sino para decirnos a que las pongamos por obra…..)

La plegaria desde el silencio y la meditación, en mis oraciones busco la voluntad del Padre, reconozco el gran amor que Dios siente por mi y estoy convencida de que Dios me quiere y cuida.

(La oración es el sostenimiento del alma)

Con el convencimiento de la presencia de Dios intento ser un ejemplo para los demás, y transmitir ilusión por la Misión Lasaliana, misión asociada al servicio de los pobres, y en ello estoy tanto en Proideba como en Nou Horitzo.
Todo el tiempo que les dedico lo hago con fe y sabedora de que Dios se hace presente en estas obras y que mi vida habla de Dios .
Vivo mi vocación de servicio a los demás como si fuera un regalo. El compromiso adquirido de transmitir y llevar a cabo la Misión tiene lugar en mi día a día.
Este compromiso es algo dentro de lo cual me voy desarrollando, no algo que me ha llegado hecho, que me ayuda a avanzar a mi mejor yo posible.

(La presencia de Dios le será de mucha utilidad para ayudarle y alentarle a realizar con perfección sus obras)

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Hablar hoy de las   Obras de misericordia, puede sonar a anacrónico. Y más, si el autor desgrana tanto las espirituales como las corporales y nos las hace ver bajo el prisma de la misericordia. Quizá la apuesta que pretende, al principio no tenga mucho éxito, pero si se va leyendo el texto, incide de lleno en algo vital. Y ahí, sí, ahí, duele un poco cuando miramos a este Jesús que vivió y murió por y para los otros.

El autor, miembro del grupo de Cristianisme i Justicia  y donde ha publicado varios trabajos en los Cuadernos del mismo nombre, no se desdeña en ir desgranando qué supone mirar la figura, la persona y la obra de Jesús desde el punto de vista de la misericordia. Una misericordia que es conflictiva y que va más allá de la pura compasión para llevar al lector al descubrimiento de un compromiso que engarza con la vida y con la forma de vivir su experiencia vital y social.

Luego de reflejar el autor, en un amplio primer capítulo qué significa la figura de Jesús como “misericordia conflictiva” del Reino, lo va relacionando con diferentes aspectos de la vida: la política, el asistencialismo, la herética, lo trascendente, el poder, la lástima, la condescendencia, la justicia, el conflicto, etc.).

Posteriormente, y aprovechando esta calificación de la misericordia como conflicto, va adentrándose en desentrañar cómo las obras de misericordia corporales, entrañan conflicto y qué supone vivir desde esa perspectiva; pues vivir poniendo de relieve las obras de misericordia corporales, nos hacen ver que visitar al preso, dar de comer al hambriento o de beber el sediento, así como dar posada al peregrino, etc. entrañan vivir desde el conflicto permanente y lejos de toda comodidad.

La tercera parte de la obra, la dedica el autor a relatar el conflicto que se vive con las obras de misericordia espirituales y, de nuevo, cómo vivir más allá del puro asistencialismo o “buenismo”, pues entraña conflicto igualmente enseñar al que no sabe, dar buen consejo, corregir al que yerra o perdonar las injurias, etc. dota a la vida de una intencionalidad política cuando se ve todo ello desde el horizonte del Reino, que debe ser el filtro desde el que se observen y vivan las realidades más sencillas de la vida.

El prólogo, escrito por José Ignacio González Faus, nos hace caer en la cuenta de que es “… un librito que, después de leerlo, hace que las cosas no puedan seguir igual que antes… “. O según el Episcopado reunido en Puebla (1979), “… cuando algo que afecta a la misericordia y la justicia de ella derivada se ha vuelto históricamente posible, entonces, si es posible, se convierte en obligatorio”.

Lo cual implica que la lectura de este libro, leído desde las claves anteriores, no nos debe (puede) dejar indiferentes.

 

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“Mi ser Hermano” (Hno. Javier López Guerra)

Cuando comenzaba a escribir esta carta, encontré la siguiente poesía:

“En los poemas
tengo que hacer o sentir lo que siento,
que veáis lo que veo,
que oigáis lo que oigo,
que améis lo que amo.
Soy fuerte, lo sabéis,
Pero a veces me resquebrajo
Y me salen los versos furiosos
Y acojonados”

Gloria Fuertes.

 

Esta poesía es esta carta. Esta poesía soy yo. Esta poesía es el resumen de lo que voy a intentar contaros: lo que “siento”, lo que “veo”, lo que “oigo”, lo que “amo”. Seguiré su espíritu para mostrar el Javier que creo que ya conocéis. Su hilo conductor como articulación de esta carta. Sus sentimientos como mis sentimientos.

En algún momento pareceré “roto”, “furioso”, en algún momento “acojonado”, pero hurgar un poco en mi interior y veréis al Javier “fuerte” que conocéis. Así que nada, ahí voy.

  1. Lo que siento.

Como creo que ya he dicho en muchas ocasiones, me cuesta mucho hablar de mí. Me cuesta mucho expresar lo que siento, desnudar mi corazón ante la gente, o mostrar, tal vez, mi yo más profundo. Pero una vez que me pongo, pues voy hasta el final. Y este es uno de estos momentos. ¿Qué siento? Muchas cosas. Siento amor, gratitud, cercanía, pasión, entrega,… También indignación, frustración, impaciencia, incomprensión,… Sentimientos encontrados resultado de vivir. No existe la perfección, aunque a veces nos acerquemos a ella. Y como no todo es perfecto, ni soy perfecto, situaciones, momentos o días no son el mejor exponente de lo que vivo. Toda una mezcla de sentimientos que en su conjunto, pesando lo bueno y equilibrando lo no tan bueno, no pueden hacer que diga que no soy feliz. Soy feliz. Y lo respiro por todos los poros de mi piel.

La comunidad, el colegio, los profesores, los alumnos, los padres, los alcoyanos,… Me hacen sentir en casa. En la oración diaria doy gracias a Dios por todo lo que me ha entregado. ¿Mejorable? Todo es mejorable. Pero es un aliciente de evolución, de entrega, de vivencia en todos los campos, intentando sacar lo mejor de cada situación y cada persona, de seguir creciendo en la misión y en la fe, de seguir creciendo como persona, y de poder ser apóstol en todo lo que haga.

  1. Lo que veo.

Mucho. Muchas cosas. De muchos colores y formas. Algunas bellas y otras no tanto. Veo a mi alrededor pasión y entrega, a veces mucha indiferencia, y otras desazón. Veo incomprensión y prejuicios. También solidaridad y afecto. Veo lo que es nuestra sociedad y lo que es nuestro Instituto. Sus muchas virtudes, y sus también muchos defectos.

Pero según el dicho, muchas veces esta visión es del color del cristal con que se mire. Y el foco que La Salle me proporciona, hace que mi visión se transforme. No a una irrealidad ficticia o asumida, si no a una filosofía de entrega, servicio, amor y formación que me hace poder acostarme todos los días con la sonrisa en la boca. Había un lema de un curso:  “Conoce, Interpreta, Transforma”. Conozco a través de la mirada y de los sentidos, Interpreto según el espíritu de La Salle y Transformo, o lo intento, con el objetivo de lograr una sociedad más justa y equilibrada, una sociedad de personas más íntegras y entregadas, una comunidad cristiana con el barniz y el fondo de La Salle.

  1. Lo que oigo.

Al igual que lo que veo. Muchas cosas. De muchos tipos y volúmenes. Gritos, susurros, cantos, llantos, música, chirridos, consejos, instrucciones, órdenes, peticiones. Conversaciones trascendentes o simples y banales marujeos. Cada una en un momento, cada una en una situación, cada una en una persona. Lo que oigo, al igual que lo que veo, me hace sentir vivo.

Escuchar es algo que falta en nuestro alrededor. Vamos con prisas y siempre sin tiempo. Y poder invertir, que no perder, tiempo en compartir experiencias con otras personas, dejar que la confidencia fluya, escuchar con interés lo que es importante para los demás, es parte de lo que nos define. Acompañar. Estar.

Y esto también es lo que oigo a mi alrededor, cuando los profesores, las personas cercanas a La Salle comparten su vida contigo. Acompañad, estad, sed.

  1. Lo que amo.

El Hno. Álvaro Rodríguez Echevarría en su carta pastoral del año 2009, citando al benedictino irlandés Mark Patrick, decía: “el amor es el único ímpetu que es suficientemente desbordante como para forzarnos a abandonar el confortable refugio de nuestra bien armada individualidad, despojarnos de la impenetrable concha de autosuficiencia, y salir gateando desnudos a la zona de peligro que está más allá, el crisol donde la individualidad es purificada para hacerse persona. … Solamente el amor rompe nuestra dureza de corazón y nos da corazones de carne”.

El amor como ímpetu, ímpetu que mueve el mundo. A lo mejor es una visión un tanto rosa de la vida, pero creo que el amor es lo que mueve esta vieja Tierra. El amor es desbordante, y por amor eres capaz de hacer cualquier cosa. El amor es lo que nos mueve a irnos a la frontera en busca de los más necesitados, de los marginados, de los excluidos. A intentar llevar como Hermanos el mensaje de Dios a todos los rincones. El espíritu del Instituto se basa en el amor. Y lo que se nos pide a los Hermanos es amor. El amor es, como dice Patrick, “lo único que nos hará movernos y abandonar nuestros círculos de confort y bienestar. El amor es lo que nos hará palpitar el corazón. Y cuando notamos que el corazón palpita por amor, es un pálpito que no querremos abandonar jamás”.

En este sentido finalizaba el Hno. Álvaro con una reflexión de Albert Camus: “No ser amado es una desgracia; no saber amar una tragedia. Cuando se ha tenido una vez la dicha de amar intensamente, se emplea la vida en buscar de nuevo aquel ardor y aquella luz”.

Me siento un privilegiado en este punto. He sentido y siento el amor en mi persona. He amado y me siento amado. Me siento correspondido en la comunidad, en el colegio, en los alumnos, en las familias, en la sociedad. Pero sobre todo me siento muy afortunado, porque tengo el privilegio de sentirme amado por Dios. Algún hermano se sonríe con cara de escepticismo, cuando afirmo que puedo ver a Dios todos los días a mi alrededor. En muchas pequeñas cosas, en muchas situaciones inesperadas, en muchos estímulos que me hacen llegar a la conclusión de que son obra de Dios. Una sonrisa, una caricia, una imagen, una situación, una palabra, una lágrima, una bronca o incluso un despropósito. Dios está ahí. Sólo tenemos que tener la predisposición a encontrarnos con él.

  1. Lo que me rompe.

Mi principal defecto, entre los muchos que tengo, es probablemente la impaciencia, o mejor dicho, la falta de paciencia. Es un aspecto que intento trabajar y controlar lo más que puedo. Pero, cuando desaparece, cuando se agota, aparece el lado oscuro de la fuerza. Me rompe el no poder a veces controlarlo. Me rompe, muchas veces, la frustración de darme cuenta que está pasando y pese a ello, que pase. Me rompe el no estar a lo mejor a la altura de las circunstancias. Me rompe y soy consciente de ello. Y es lo más duro. El ser consciente. Otras circunstancias de mi vida son más fáciles de racionalizar, asimilar, de integrar en tu vida con un peso específico que tú le das. Pero que de golpe te desaparezca la paciencia,…

Soy consciente de este gran defecto que me acompaña. Lo trabajo y lo consigo controlar. Pero cuando no lo consiga, ya por adelantado pido disculpar por si he podido herir a alguien. No es mi intención, y no tendré reparo en pedir disculpas. Pero como dice mi madre, o me cogéis como soy, o me dejáis como soy. El pack es uno.

  1. Lo que me pone furioso.

Y junto a lo que me rompe, también hay cosas que me ponen furioso. Muchas de ellas racionales. La injusticia, el abuso, la corrupción, el egoísmo, la falta de caridad, el engaño, la codicia, la desigualdad, la miseria (humana y económica),… una larga lista de cosas que, como cristiano, siento la necesidad de luchar contra ellas. Que como Hermano de La Salle, integro en mi misión diaria como un objetivo a mejorar en mi alrededor, dentro de las posibilidades que se tengan, el poner todo de mi lado para construir el reino de Dios en este mundo, desechando todos estos baches en el camino del hombre. Pero todas ellas son hacia el exterior de mi yo.

En mi interior me enfurece el sentirme y darme cuenta que soy tratado como un niño. El sentir y darme cuenta que te infravaloran o desprecian por motivo de tu edad o de tu apariencia. El sentir que la justicia se aplica en función de lo que se ve y no de lo que sucede. El sentirte juzgado sin poder defenderte. El sentirte encasillado sin conocerte. El hábito no hace al monje y las vivencias que uno ha tenido en su vida, te configuran como eres. Ni mejor, ni peor, como eres. No es la búsqueda de la apariencia, ni la búsqueda de la alabanza fácil y gratuita, ni la búsqueda de la gloria. Es simplemente la búsqueda de la igualdad como persona. Ni más, ni menos.

  1. Lo que me acobarda, acoquina, arredra… 

El miedo es algo intrínseco al ser humano. Cada uno con sus debilidades. Miedo al fracaso, al dolor, a la soledad, al amor, al éxito,… miedo a algo siempre hay. ¿Qué es lo que me acobarda, acoquina o arredra? Lo que más, el poder llegar tarde a mis seres queridos. El no estar cuando te necesiten. El no poder devolver con creces todo lo que ellos han invertido, de forma gratuita y desinteresada en mí. Posiblemente lo que me puede suceder a mí me tiene totalmente despreocupado. Lo que les pase a mis seres queridos, me duele. Lo que me acoquina me paraliza, es es irracional, me incapacita. Mis seres queridos son mi talón de Aquiles. Supongo que habrá más que me amedrenta y atemoriza. Pero tan identificado y concreto, no.

Todo ello configura mi ser Hermano. Todo ello lo he ido mamando desde mi primer contacto con los Hermanos. Todo ello configura que mi vocación cristiana se materialice en La Salle. Todo ello me acompaña en mi ser como Javier, muchas cosas desde que tengo uso de razón, otras descubiertas y adquiridas y asimiladas en mi relación con La Salle.

Mi primera consagración ante Dios, en Griñón, fue mi consagración definitiva. Año tras año, respetando mi compromiso con La Salle, he ido pidiendo y renovando mis votos temporales. Hoy me encuentro ya en la tesitura de pedir oficialmente mi consagración definitiva.

Es curioso como en la sociedad que me rodea, el miedo al compromiso rezuma por todos lados. El fracaso en el matrimonio, en las parejas, en las familias, en los estudios. La falta de asunción de las responsabilidades que uno adquiere en su día a día. Se podría pensar que la temporalidad en la que vivimos y somos educados podría influenciar la decisión de dar el paso de consagrarse para toda la vida ante Dios. En mi caso no es una opción. Es una realidad, meditada y valorada, rumiada y digerida que desde todos los focos posibles me lleva a querer entregarme a Dios como Hermano de La Salle.

Este año en Alcoy me ha aportado aún mas confianza en la decisión adoptada. He podido experimentar el amor, la confidencia, la fraternidad, el espíritu de La Salle en todo lo que he hecho. El poder compartir fe y vida con un grupo de profesores en proceso de asociación. El poder disfrutar de los jóvenes del colegio y de sus familias y sentir que algo, por poquito que sea, has conseguido empapar en su vidas, en su desarrollo como personas y en su crecimiento como cristianos lasalianos. El  compartir con mi comunidad y con los Hermanos del Sector (Valencia-Palma) y del Distrito este sentimiento de ser La Salle. El compartir la fe y el amor de Dios. Ha sido un año distinto a los que he vivido anteriormente en Mallorca, pero igual o más intenso. Tal vez el contacto con los excluidos que Nou Horitzó me proporcionaba al ser tutor de un joven, se ha visto suplido con el contacto de ser tutor de un curso, y de vivir sus necesidades de la misma forma. La periferia puede estar en cualquier lado. Sólo tenemos que buscarla para encontrarla. Y por desgracia, está más cerca de nosotros de lo que pensamos.

Supongo que podrán llegar momentos de sequía, de carestía vocacional o de fe. Supongo que algunas cosas se podrán enfriar y otras transformar. Pero hay una cosa que supera todas las incertidumbre: el amor que siento por Dios. Y en él, el amor de mis Hermanos y del Instituto. Y se que con ello, será el bálsamo que cure mis heridas y me relance al ruedo de la vida, para poder seguir con su ayuda el trabajo que Dios nos ponga delante como misión.

Por todo ello, me he consagrado (Dios me ha consagrado) ante su Persona, para toda la vida, como Hermano de La Salle, para según dice la fórmula de los votos, “… permanecer en sociedad con los Hermanos de las Escuelas Cristianas, que se han reunido para tener juntos y por asociación las escuelas al servicio de los pobres, en cualquier lugar al que sea enviado, y para desempeñar el empleo al que fuera destinado, ya por el Cuerpo de la Sociedad, ya por los Superiores…” (R. 25)

Finalizo. En la comunidad de Eivissa, en mi etapa de postulante: “A la nostra missió ens comprometen viure el missatge de la parábola del Sembrador, sembrant y regant, sempre amb actituds d’alegría, acollida, escolta: fent ressó de la poesía de Cristina de Arteaga en la que nos diu:[1]

“Sembrad serenos sin prisas,

las buenas palabras, acciones, sonrisas…

Sin saber quien recoge,

dejad que se lleve la siembra las brisas”

[1] En nuestra misión nos comprometen vivir el mensaje de la parábola del Sembrador, sembrando y regando, siempre con actitudes de alegría, acogida, escucha: haciendo eco de la poesía de Cristina de Arteaga en la que nos dice:

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Mi oración. (H. Jon Lezamiz)

Hola. Soy el Hno. Jon Lezamiz.

Mis maestros son personas de la calle, amas de casa, los no profesionales del tema. Éstos me han reiterado en su experiencia palpitante y arraigada en lo normal, anodino, intrascendente que el maestro de oración es el Espíritu, que los métodos son muletas que hemos de abandonar cuando los pies están fortalecidos, cuando están cimentados en Roca. El objetivo de todo buen método es que podamos prescindir de él.

Desde el año 1981 utilizo el método hesicasta o la oración del nombre de Jesús. Para profundizar en lo que significaba el hesicasmo leí con atención el clásico anónimo “Strannik” o “El peregrino ruso”.  El nombre tan raro de hesicasmo proviene de “hesychia”, que significa paz interior.

El libro del Strannik puede ser la obra de un monje del monte Athos o del monasterio ruso de Optina. Lo más probable sea que un auténtico peregrino laico contara su experiencia a un monje y éste la escribiera. El libro fue publicado por vez primera en 1865. Por lo tanto, hace más de siglo y medio.  Su trasfondo no tiene nada que ver con el mundo que conocemos.

El Strannik persigue la oración continua. En uno de sus testimonios dice: “Siéntate sólo y en silencio. Inclina la cabeza, cierra los ojos, respira dulcemente e imagínate que estás mirando a tu corazón. Dirige al corazón todos los pensamientos de tu alma. Respira y di: Jesús mío, ten misericordia de mí. Dilo moviendo dulcemente los labios y dilo en el fondo del alma. Procura alejar todo otro pensamiento. Permanece tranquilo, ten paciencia y repítelo con la mayor frecuencia que te sea posible”.

Repetir lo más posible implica el machacar una y otra vez hasta que se convierte en algo reflejo, un bombardeo al inconsciente, que permite que desde el hondón brote espontáneamente la oración de Jesús. La propia experiencia y la del Strannik sostienen que no es un camino de rosas: “Al principio me pareció que todo iba bien, pero luego comencé  a aburrirme. El cansancio y el sueño me abatieron y una densa nube de extraños pensamientos me envolvió”. Con frecuencia el hombre cuerdo, sensato y eficaz que todos llevamos dentro llama a la puerta de la conciencia; el hombre que conoce mecanismos psicológicos y racionaliza casi todo. No obstante, a este hombrecillo le quiero contar una breve narración[1]: “Un caminante se ve perdido en el desierto. Consumido por el sol, divisa a lo lejos un oasis. <Bah – dice de nuevo – no es más que una ilusión producto de mi mente calenturienta! En mi desesperada situación es muy fácil ver fantasmas… ¡Es pura proyección! Puedo incluso oír el murmullo del agua, pero seguro que es una alucinación auditiva… ¡Oh, qué cruel es la naturaleza!>. Al cabo de un rato, dos beduinos lo encuentran muerto. Uno de ellos le dice al otro: <No hay quien lo entienda: tiene los dátiles al alcance de la mano, y se muere de hambre; el agua del manantial corre junto a él, y perece de sed… ¿Cómo es posible?> Y el otro le responde: <Era un moderno: ha muerto del miedo a sus propias proyecciones>.

Cuando el staretz[2] le manda al peregrino que repita 3.000, después 6.000 y más tarde 12.000 veces al día la oración de Jesús nuestra manera de pensar se pone en guardia. Y añade que sólo así se llega a la oración de los labios, que no se ha arraigado en el corazón. En mi experiencia no he contado las veces, pero sí que he aprovechado momentos largos de paseo, corriendo por el asfalto… para ir repitiendo, martilleando, jadeando la frase: Señor Jesús, ten misericordia de mí. Al inspirar decía “Señor Jesús”. Al espirar lanzaba: “Ten misericordia de mí”.

Cuando inspiro quiero llenarme de todo lo positivo. Cuando espiro, con el aire, quiero que salga toda mi negatividad, mi labilidad, mi desorden, mi egoísmo… Así la respiración se acomoda al ritmo interior, a la sintonía del corazón.

El Strannik explica que cuando rezaba en el profundo recogimiento del corazón, todo lo que le rodeaba le parecía estupendo y maravilloso: los árboles, las plantas, los pájaros, la tierra, el aire, la luz. Le parecía que todo había sido creado para el hombre y era una demostración del amor de Dios. Le parecía entender el lenguaje de las criaturas y que podía hablar con todas ellas y que ellas le entendían. Este ambiente de naturaleza se puede cambiar por el sentido renovado de vivir nuestra vocación en comunidad para el servicio educativo… Tal vez las galerías de los colegios, el griterío  y ambiente alegre de los recreos, el reconocimiento de los alumnos, las reuniones con los compañeros,… se conviertan en el lenguaje que nos plasme el sueño que tuvo Juan de La Salle al fundar la comunidad para las escuelas cristianas. 

He sido educado en el esfuerzo, la voluntad, el trabajo, la eficacia, la organización, el deber,… Esto me ha incapacitado, al menos obstaculizado, la meditación. Con mucha frecuencia confesamos que la oración es un don, es gracia, iniciativa del Otro… Pero la inflación del ego nos puede. La pregunta fundamental no es cómo amo a Dios, sino cómo acepto el amor de Dios, cómo puedo ser un mejor receptor. La oración auténtica va más allá de nuestro yo hacia Dios. La felicidad, la alegría… es siempre el resultado de dejarse perder uno mismo en el amor del otro. La oración se dirige a Dios, no a uno mismo.

Aunque parezca una contradicción, hemos de tener en cuenta nuestra persona. No vaya a ser que nos ocurra lo que narra Chuang-Tzu. Éste contó que… “había un hombre que estaba alarmado de su propia sombra, porque le seguía a todas partes y no se le apartaba de sus talones. Decidió huir de todo aquello; pero ésta le seguía paso a paso sin ningún esfuerzo. Dándose cuenta, corría cada vez más de prisa hasta caer muerto de agotamiento”. Debería haberse sentado a la sombra. Yo puedo ser un hombre en huida y ¡qué puedo espera sino correr de por vida!

La sabiduría oriental dice que las más perfectas acciones se logran sin esfuerzo: “Los gansos salvajes no pretenden proyectar su reflejo. El agua no tiene la más mínima intención de recibir su imagen” (Zenrin). Parece que se trata de dejar a Dios ser Dios y que obre grandes maravillas en nosotros.

Me despido con las palabras del Strannik: “He hablado demasiado y los Santos Padres llaman chácharas aun a las conversaciones más espirituales cuando se prolongan demasiado. Ya es tiempo de ir a buscar a mi compañero para emprender el viaje a Jerusalén…” Y el staretz le responde: “Que la gracia divina ilumine tu camino y te acompañe, como arcángel Rafael acompañó a Tobías”.

[1] Su autor es Piet Van Bremeen.

[2] Término ruso que significa maestro y guía en los monasterios ortodoxos.

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Mi experiencia vocacional y de fe (Raül García)

Soy Raül. Tengo 34 años y actualmente soy profesor de secundaria en el colegio La Salle Sant Celoni. De hecho, mi relación con La Salle empieza ya como ex alumno. Estudié toda la etapa obligatoria en la misma escuela donde ahora soy profesor. Tengo un gran recuerdo de los maestros y Hermanos de aquella etapa; más allá y visto ahora desde la distancia, no sólo por las cualidades de los conocimientos que transmitían, que sin duda era muy buena, sino también por lo que en el lenguaje actual podemos llamar acompañamiento. Sí, me sentí acompañado, desde una relación muy fraternal, cariñosa y también exigente, en positivo. Y allí también fui cultivando mi vida interior y la relación con el Trascendente. No sé si La Salle me hizo descubrir a Dios o Dios me descubrió a mí; pero, desde pequeño, siempre me he visto acompañado por esta experiencia que, además, conectaba con todo aquello que como niño vivía a la escuela.

Al terminar mi escolarización obligatoria tenía muchas dudas sobre qué es lo que me gustaba realmente y a lo que me quería dedicar en el futuro. De hecho me gustaba un poco todo. Sí es cierto que ya tenía cierta atracción por el mundo de la educación… supongo que también gracias a distintas propuestas que desde la escuela había vivido en actividades y proyectos donde los grandes a veces nos habíamos hecho cargo de los pequeños. Decidí encaminar mi trayectoria hacia las ciencias para que, si lo de ser maestro no me acababa de convencer, tuviera otras salidas profesionales.

En aquellos años de estudios post-obligatorios mi relación con La Salle continuó. Con la llegada de un nuevo Hermano director se puso en marcha un grupo scout, y me invitaron a participar como monitor desde los inicios. Era como seguir estando “en casa”, en La Salle, pero viviéndolo de otra manera. Y acompañado también por ese Hermano y por otros Hermanos y Profesores que participaban del grupo. Esta vivencia cercana con ellos también enriqueció mi descubrimiento de Dios y me ayudó a sentirme útil y feliz por todo lo que hacía. Cada vez tenía más claro que mi mundo era el de la educación, y además cada vez me sentía llamado a implicarme en nuevos proyectos donde creía que podía hacer alguna aportación positiva.

Tuve la gran suerte, y así lo considero, que justo terminados mis estudios de biología en la escuela surgió una plaza y me llamaron. Sin pensar demasiado en nada ni hacer planes de futuro ni ningún otro tipo de consideración no dudé ni un momento. Continuaba “en casa” y haciendo algo que me hacía sentir realizado. Además, antiguos maestros eran ahora mis compañeros. Y yo ahora podía hacer esa tarea de acompañante desde otra perspectiva, desde el aula, desde la tutoría.

Y además tenía la gran suerte de sentir que esta manera de vivir mi vocación era compartida por un buen grupo de compañeros. Los Hermanos, además, siempre atentos a todo lo que pudiéramos necesitar, nos abrían su comunidad y compartían todo con nosotros. De ahí surgió la primera comunidad de Asociados seglares de la escuela, donde rápidamente me sentí llamado e invitado a participar y formar parte.

De hecho, en mi vida, y tal como he leído alguna vez del Fundador, un compromiso me llevaba a otro compromiso. Y así fue como asumía la tutoría, o el cargo de coordinador de pastoral de centro, o el de subdirector del colegio, o ser miembro del equipo de pastoral del Sector… así como, a nivel externo, participaba en entidades y asociaciones e incluso en política municipal para, como siempre, intentar aportar algo positivo en lo que me rodea. De hecho podría decir que he hecho lema de vida el “siempre listos” que dicen los scouts. Al final, de todo ello, lo único que he ido haciendo ha sido seguir las pistas que me han hecho sentir vivo y feliz, recibiendo migajas del Reino al que todos estamos llamados a construir.

 

 

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Mirad al futuro… (A. Cencini). Vida Consagrada: ¡merece la pena!

Pudiera parecernos que, a estas alturas, seguir hablando de vocación religiosa, es ya casi un anacronismo, porque se vacían los conventos, los jóvenes no se plantean en su vida una consagración religiosa o una opción sacerdotal de manera frecuente entre ellos o porque, incluso, y es lo más  preocupante, los propios religiosos han declinado hacer invitaciones  para que haya jóvenes que, al menos se pregunten si en su vida puede tener cabida una pregunta como la que refleja el título del libro.

El autor, especialista en muchos congresos sobre Pastoral o cultura vocacional y en muchos libros sobre el tema, se arriesga a escribir una obra consciente de que tiene sentido preguntarse hoy de nuevo por el tema de la consagración religiosa.

Es verdad que partiendo de nuestra sociedad, que no sabríamos de calificarla de post-moderna o pre-cristiana, el autor se aventura en definirla como lo segundo, porque encierra un comienzo, una despertar, una saber que hay todavía cosas por descubrir y no tanto referirse al pasado (post) como algo que ya queda caduco y sin posibilidades de nuevas perspectivas. Y desde esa perspectiva de pre-cristiana, se aventuran semillas de vida, deseo de lo eterno en medio de un analfabetismo espiritual, ganas por escuchar de nuevo al Espíritu en este nuevo comienzo.

Insiste mucho en hablar de la muerte; pero de una vida consagrada que se vive desde la muerte, cuando es fiel reflejo de una “obediencia servil” que no genera dinamismo, aunque parezca que nuestras obras apostólicas siguen teniendo mucho éxito. Por eso, cabe hablar de muerte interna (la que ha perdido el fuelle, el vigor) y la externa (que puede ser más fácil de calibrar, porque somos menos y nos vamos haciendo mayores). Pero la vida, nuestra vida de consagrados, ¿dónde se ancla?

Al final, es la vida lo más sagrado que tenemos: esa primera llamada a la existencia es un don que hay que agradecer. Es un puro acto de amor: existimos porque Dios nos quiere. Y la respuesta que un hombre o mujer pude darle a este Dios es ofrecerle la vida en respuesta a su amor, hasta la muerte, porque así ama Dios. Entonces, la muerte se convierte no en algo pesado y terrible, sino en la necesidad de “demostrar” a Dios el amor que le tenemos. Es algo lógico, en esta lógica del amor.

Desde esta perspectiva, la consagración, la expresión de la misma en unos votos no son más que expresiones de respuesta al amor que Dios nos ha mostrado y no renuncias que castran y no liberan. Por eso, entregar la vida por amor, darle hasta la muerte, sigue teniendo sentido, cuando se ha descubierto ese amor inmenso de Dios en todas las cosas de la vida.

De ahí valores como el compartir, la fraternidad, la comunidad cobran su pleno sentido en este contexto.

Al final una especie de decálogo deleita la lectura  como para, en palabras del autor, “seguir eligiendo la Vida Consagrada”.

 

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Mi trayectoria seguida… (H. José Luis Hermosilla)

Ha sido la mía una espiritualidad encarnada, en el día a día de mi vocación de Hermano de las Escuelas Cristianas. No ha habido necesidad ni que pensara que Dios presidía mi vida ni que fuera Hermano: con el simple vivir con coherencia creo que se hacía ambas cosas. He trascurrido en un vivir gozoso en las diversas circunstancias y momentos de la vida. “De compromiso en compromiso”.

En el día a día; dentro de las obligaciones de mi vocación docente. He puesto sumo interés en la oración comunitaria, así como en las reuniones. Me he servido como de orientación litúrgica del librito “La Misa de hoy” de los PP. Claretianos. Desde el principio me ha centrado mucho en la Palabra de Dios, del día de la Iglesia.

En la realización docente, tanto de niños como de adultos, me ha sido sumamente enriquecedora: he sentido que he recibido más que dado. En la “Reflexión  de la mañana” me he sentido animador cercano de los alumnos. Me ha obligado mucho porque he tenido que hacerla muy personal. He comprobado lo fácil que es caer en el activismo educativo y apostólico.

La centralidad de mi vocación pasa por la vida comunitaria. El sentirse y ser Hermano y no otra cosa. Hermano con los demás Hermanos, no debido a la sangre cuanto a la misma llamada de Dios. El haber escrito “Noticias Necrológicas” me ha hecho ver la riqueza que ha tenido el Instituto en estos Hermanos “santos”: sencillos, humildes, serviciales…El ejercicio mutuo comunitario me ha ayudado en el ejercicio de la virtud. Pero sigo considerando que la fraternidad es un rico filón que apreciar.

La formación recibida ha sido variada y rica desde la Casa de formación. He tenido que esforzarme porque sea constante. El conocimiento de La Salle, sobre todo. Es profundo en sus expresiones, salidas de su rica experiencia. Por eso que considere las Meditaciones, entre otras, como biográficas. Es imposible escribir sin que se recurra a la cantera interior personal. Y La Salle toda su vida, fue sumamente coherente. He visto en su espiritualidad que es: rica, seria, profunda, acomodada, encarnada a los Hermanos. Quiere el Santo seamos sumamente espirituales para comprender la labor docente que se lleva a cabo; la vida …

He tenido el peligro de intelectualizar la doctrina espiritual; el Evangelio… Haberla hecho más de cabeza que de corazón; más de pensamiento y de palabra que “ocupación interior“; afectiva; de diálogo y conversación con Dios, como lo hace el amigo con el amigo. Hoy me aplico el dicho de Santa Teresa: “La Oración Mental es cuestión de tiempo y amor”.  Tiempo voluntario y personal que escojo cada día.

La disponibilidad ha sido otras de las realizaciones espirituales: “A cualquier lugar a que sea enviado”…En la variedad de circunstancias he encontrado la riqueza espiritual y humana. Esto no quiere decir que no me hubiera gustado haber permanecido más tiempo en un cometido que otro.

Hoy, desde la colina de los años, experimento una gran alegría al ver los caminos por los que camina el Instituto. Caminos de apertura y creatividad, con los lasalianos: Asociados…

Pero la pregunta que me hago la llevo clavada: ¿Cómo podremos seguir siendo  y viviendo espiritualmente vueltos a Dios y a los Hermanos? sabiendo que estamos influenciados por un mundo secularizado: fe debilitada; individualista; sin aprecio de valores trascendentes…sin que se nos pegue algo…

Porque es ley, no sé de quién, que, cuanto más sigamos dándonos a Dios, más Él lo será en nosotros. Y también al revés.

 

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Mi experiencia de Dios. (Itziar Muniozguren)

Itziar01”Dios, que gobierna todas las cosas con sabiduría y suavidad, y que no acostumbra a forzar la inclinación de los hombres, queriendo comprometerme a tomar por entero el cuidado de las escuelas, lo hizo de manera totalmente imperceptible y en mucho tiempo; de modo que un compromiso me llevaba a otro, sin haberlo previsto en los comienzos.”

San Juan Bautista de La Salle-

Acepta las sorpresas que trastocan tus planes, derrumban tus sueños, dan rumbo totalmente diverso a tu día y, quien sabe, tu vida. Da libertad al Padre, para que Él aún conduzca la trama de tus días.

-Hélder Câmara-

En mi tierra hay días que cuando paseas vas sintiendo cómo cae sobre ti el “sirimiri” una lluvia suave, persistente, que va calando poco a poco, que va nutriendo por dentro, imperceptiblemente… Ese “sirimiri” se te hace presente sin notarlo, se cuela, se hace parte de ti. No eres tú quien lo buscas, es él quien te empapa quieras o no…

Así se ha ido haciendo presente Dios en mi vida. Al comienzo Sigue leyendo

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Mi experiencia vocacional. (Rosario Castellanos)

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Mi experiencia vocacional

Es difícil recordar dónde empezó mi vocación. La docencia y la fe siempre han  ido unidas en mi vida.

Nací sin esperarme nadie en el seno de una familia muy humilde. Lo que para mi madre pudo ser al principio una desgracia, se convirtió con el tiempo en el milagro más grande del mundo: mi nacimiento. Ser madre soltera en la década de los 70 no fue nada fácil para ella ni para mis abuelos. Pero me llenaron de amor, me dieron su corazón y la vida cambió para todos. Es el momento de honrar a mi madre, una mujer valiente, trabajadora, humilde y volcada en los demás. Una mujer luchadora, un modelo a seguir, siempre, siempre….

Empecé mi educación en las Esclavas del Sagrado Corazón. La hermana Carmen fue mi primer contacto con la escuela. Aprendí a leer muy pronto y disfrutaba mucho en el cole. Las Esclavas en 1976 estaban muy cerquita de mi casa pero antes de empezar EGB, se trasladaron a la zona norte de la ciudad. Con 5 añitos empecé a utilizar el autobús pues yo encontré algo en ese colegio que no quería dejar… Llegó la adolescencia y los grupos juveniles, las hermanas que marcan el inicio de tu juventud: Amparo Hurtado, fue una la hermana que más huella dejó.  Sta. Rafaela, fundadora de las Esclavas, dejó una huella imborrable en mí. Una de sus premisas sigue conmigo hoy: “Sé feliz haciendo felices a los demás”. Consciente o inconsciente mente ha sido un lema que ha quedado grabado en mi corazón. Las Pascuas Juveniles, los grupos ACI, el grupo de profundización en la fe…. Todo llenaba mi alma.

En 1990, el año más difícil de mi vida, (y he pasado otros malos, pero nunca como ése), murió mi abuela, mi madre se quedó sin trabajo, nuestra casa se derrumbaba, Sigue leyendo

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