
Autor: Byung-Chul Han
Título completo: Sobre Dios. Pensar con Simone Weil
Editorial Paidós, octubre 2025.
144 páginas en la edición en papel:
105 páginas versión
ISBN: 9788449344541 (papel)
ISBN: 978-84-493-4455-8 (epub)
Breve comentario:
En varias presentaciones que he realizado a educadores sobre la espiritualidad lasaliana había utilizado la historieta de los dos pájaros. Originalmente la había leído en el libro de Marià Corbí «Hacia una espiritualidad laica. Sin creencias, sin religiones, sin dioses.» que está tomada del Upanishad 3.1.1 (libro sagrado del hinduismo). Y resulta que al empezar este libro de Byung-Chul me vuelvo a encontrar con la historieta. En realidad todo el libro puede ser comprendido como un comentario a «los dos pájaros».
Atención, descreación, vacío, silencio, belleza, dolor, e inactividad son los capítulos de este libro, y en cada capítulo comenta el pensamiento de Simone Weil. El autor señala la crisis de la religión en la sociedad contemporánea como asociada a la pérdida de la atención: nos hemos centrado en consumir, en depredar nuestro entorno y hemos dilapidado la herencia espiritual. Al perder la capacidad de oración, de encuentro con el absoluto, con Dios, hemos perdido también nuestra esencia, el sentido de la existencia. Volver a experimentar el silencio y la inactividad, dejar vacío para que la belleza de la creación y de lo divino se hagan presentes. El enfoque del discurso que se emplea es filosófico, interreligioso, intercultural, pero fácil de seguir y comprender. Más abajo encontrarás un elenco de citas que me han resultado llamativas. No te las ofrezco para que las «consumas», las devores, sino para que las medites. Y, sobre totod, te invito a leer el libro y encontrar también tus citas.
Citas que destaco:
En las citas he añadido algunas imágenes que pueden inspirar al lector y ayudar a conectar con las citas.
Cuando aparece un texto con estas comillas, por ejemplo «Dios es la atención sin distracción» Byung-Chul Han está citando a Simone Weil.
Atención
«En su grado más alto, la atención es lo mismo que la oración. Dos compañeros alados, dos pájaros […] están posados en la rama de un árbol. Uno come los frutos, el otro los mira. Pág. 6 [es la historieta que comentaba al inicio]
La atención contemplativa es lo contrario de la vigilancia del cazador. No busca ni caza, sino que escucha atentamente y se demora. La atención del cazador —una atención centrada en objetivos y resultados y guiada por intereses; una atención que merodea y aspira a atrapar rápidamente el objeto buscado— es perjudicial para la experiencia religiosa: «Una mala manera de buscar. Con la atención fija en un problema. Pág. 9
En el vacío no hay nada para «comer», nada a lo que podamos agarrarnos. Solo alcanzamos el vacío liberador cuando nos desprendemos de todo apego, de toda voluntad. Pág. 9
«Dios es la atención sin distracción». Si no nos distrajéramos, estaríamos con Dios. Para encontrar a Dios bastaría con que mirásemos atentamente a todas partes. Pág. 10
El smartphone es una máquina digital de adicción. En último término, incluso los buscadores, que no son sino máquinas de búsqueda, constituyen igualmente máquinas de adicción. Avivan la sed de caza. Pág. 10
«Dios solo puede estar presente en la creación en forma de ausencia». La ausencia es «el modo de la presencia divina. Pág. 11
La oración más elevada, la más hermosa, es la que carece de deseos, la que constituye una escucha del silencio divino. Pág. 11
Simone Weil considera que el mal o la violencia se explican por una deficiente atención y que la atención es, en cierto modo, un filtro que permite separar el bien del mal. Por tanto, si fuésemos capaces de prestar más atención —una atención semejante a la oración—, habría menos violencia en el mundo. Pág. 13
La atención es «un esfuerzo negativo». Pág. 13
Sin duda, en este punto coincidiría con Kafka: «Quien busca no encuentra, pero quien no busca es encontrado». Quien busca no alcanza la gracia. Es Dios quien busca al ser humano. La búsqueda por parte del ser humano solo conduce al agotamiento. Pág. 14
La búsqueda se opone a la gracia. Solo quien espera fervorosamente recibe esa gracia… en un cuento de Grimm se celebra un concurso de fuerza entre un gigante y un sastrecillo. El gigante lanza una piedra a una altura tal que tarda mucho tiempo en caer. El sastrecillo suelta un pájaro que no cae. Lo que no tiene alas acaba siempre por caer. Quien solo sabe esforzarse con su voluntad o con sus músculos queda expuesto a la fuerza de la gravedad. Se agota y cae al suelo. Solo la gracia nos aporta alas. Es la inactividad lo que da alas al alma. Pág. 15
Sin una profunda atención no podemos leer a Dios. Así pues, la experiencia de Dios es una cuestión de lecturas: «Lecturas superpuestas: leer por detrás de lo sensacional la necesidad, leer por detrás de la necesidad el orden, leer por detrás del orden a Dios» Pág. 15
La atención alcanza su máxima pureza en la oración: «La atención absolutamente pura y sin mezcla es oración». La atención, de hecho, constituye la esencia de la oración. La calidad del rezo depende de la intensidad de la atención. Pág. 16
«La plenitud de la atención no se da más que en la atención religiosa». Todos los tipos de atención profana son «formas degradadas de la atención religiosa». Pág. 16
Solo es posible prestar atención plena al otro cuando el alma se encuentra vacía, una vez liberada de esa imaginación que aspira permanentemente a apropiarse del prójimo. Pág. 17
La mirada atenta no es una mirada natural, sino una mirada sobrenatural. Trasciende la economía del poder. Se trata de una mirada amorosa, amigable. Pág. 18
La genialidad creadora y la religiosidad hunden sus raíces comunes en la atención profunda, contemplativa. Por eso, la crisis de la religión provoca una falta de genialidad. Pág. 19
Simone Weil ilustra con un cuento el concepto de la atención productora: «Un cuento esquimal explica así el origen de la luz: “El cuervo, que en la noche eterna no podía encontrar alimento, deseó la luz y la tierra se iluminó”. Si hay verdadero deseo, si el objeto del deseo es realmente la luz, el deseo de luz produce luz. Hay verdadero deseo cuando hay esfuerzo de atención». Pág. 20
La máxima belleza, la que permite que la vida sea algo más que mera supervivencia, es una belleza religiosa. Pág. 21
Simone Weil califica de humildad la permanencia paciente en el umbral: «La humildad es espera». La verdadera atención requiere una actitud humilde. No es casualidad que Heidegger conciba el pensamiento desde la perspectiva de la gratitud: «Aprended primero a agradecer y así podréis pensar» Pág. 21
El samaritano que se detiene y mira presta sin embargo atención a esa humanidad ausente y los actos que se suceden a continuación dan testimonio de que se trata de una atención real». Pág. 23

La atención al otro es sobrenatural en la medida en que se opone a la gravedad, a la economía del poder, que busca maximizar el yo. Requiere la retirada de uno mismo. Pág. 24
El mindfulness es la espiritualidad del régimen neoliberal. Pone la espiritualidad a entera disposición de la producción y del rendimiento. De ese modo, excluye por completo la posibilidad de espiritualizar la tarea futura, el trabajo en sí. Pág. 26
Descreación
Si nosotros, como criaturas surgidas del amor de Dios, nos descreamos, es decir, renunciamos al yo y nos transformamos en nada, estamos participando de la potencia absoluta de Dios. Nos convertimos en cocreadores. Pero lo que cuenta, lo que nos capacita para crear, no es el poder, sino el amor: «Únicamente cuenta el amor sobrenatural. Por eso somos cocreadores. Participamos en la creación del mundo al descrearnos nosotros mismos». La creación se consuma cuando entregamos nuestro yo por amor a Dios. Pág. 30
Con la idea de la descreación, Simone Weil formula el principio de cualquier mística: quien se suicida despierta a un modo superior del ser. Crece más allá de sí mismo hacia la vida auténtica: «Si el grano no muere… Debe morir para liberar la energía que lleva en sí con el fin de que se formen a partir de él otras combinaciones. Pág. 31
Gracias a la descreación, nos convertimos en mediadores entre Dios y la creación. Pág. 32
Dios no puede querer de nosotros más que ese acceder a retirarnos para que le dejemos pasar». Pág. 32
«Si bien en el arte y la ciencia una producción de segundo orden, brillante o mediocre, es extensión de sí, la producción de primer orden, la creación, es renuncia de sí»…
Otra de las razones estructurales de la crisis de la religión, más allá del declive de la atención, es el enorme fortalecimiento del yo. Pág. 32

«Dos tendencias extremas: destruir el yo en provecho del universo o destruir el universo en provecho del yo. El que no ha sabido convertirse en nada corre el riesgo de que llegue un momento en que todas las cosas que son distintas a él dejen de existir». Pág. 32
Al renunciar de manera amorosa a mi yo por Dios, al convertirme en nadie, en nada, me transformo en el ojo limpio de Dios a través del cual contempla su creación, sin que el yo dañe ni distorsione nada. Pág. 32
En el budismo zen, al que Simone Weil se refiere a menudo, la redención se basa también en la descreación. Pág. 36
El gozo surge en el momento en el que, sin deseo alguno, nos entregamos al instante y nos rendimos a él obedientemente. Pág. 36
Por amor a Dios nos vaciamos. Pero ese vacío se colma con la luz divina. Quien renuncia a su yo por Dios, quien se descrea, se vuelve tan transparente como el límpido cristal de la ventana por la que penetra, a raudales y sin trabas, la luz de Dios. Pág. 36
Vacío
La gracia colma, pero no puede entrar más que allí donde hay un vacío para recibirla, y es ella quien hace ese vacío». Pág. 39
Simone Weil opone a la termodinámica del poder una teodinámica del vacío, que invierte la tendencia natural del alma y la convierte. Solo gracias a semejante conversión del alma es posible recibir la gracia. La gracia llega a través del vacío. O el vacío predispone al alma para la gracia. Pág. 39
La amistad es sobrenatural en la medida en que renuncia a apoderarse del otro. No come, sino que mira. Pág. 42
En Weil, la ética del otro se fundamenta en el vacío. Requiere leer al otro contra mi voluntad, contra mi imaginación, prescindiendo de mí, de mis expectativas. Y esa ética solo se cumple cuando existe atención al otro. Pág. 46
«Todos los pecados son intentos de colmar vacíos» Pág. 48
Cuando renunciamos a comer y miramos a partir del vacío, se nos concede un pan sobrenatural, una plenitud: «Quien por un momento soporta el vacío, o bien obtiene el pan sobrenatural, o bien cae». El vacío surge allí donde se renuncia a la voluntad. Pág. 48

«Pero ese vacío está más lleno que todos los llenos. Si llegamos hasta ahí, estaremos fuera de peligro, porque Dios colma el vacío». Pág. 49
«El pensamiento de la muerte requiere un contrapeso, y ese contrapeso —con la omisión de la gracia— no puede ser más que una mentira». El vacío supone, en último término, aprender a morir, darse muerte: «Orar es como una muerte». Pág. 49
Silencio
Desde el punto de vista estructural, otra de las causas de la crisis de la religión es la pérdida del silencio. Pág. 51
El estruendo de la información y la comunicación que asalta al alma es mucho más destructivo que el estruendo de las máquinas de la modernidad. El espíritu necesita silencio para producir o para recibir algo que sea completamente distinto. En el espacio de la creación reina el silencio. El estado contemplativo del espíritu es un estado de suspensión, un estado liminar en el que, por un tiempo, lo ya conocido o moldeado se interrumpe y deja margen para que surja algo totalmente diferente. Pág. 52
«La atención consiste en suspender el pensamiento, en dejarlo disponible, vacío y penetrable al objeto […]. Y, sobre todo, la mente debe estar vacía, a la espera, sin buscar nada, pero dispuesta a recibir en su verdad desnuda el objeto que va a penetrar en ella». Pág. 52
Solo la intensa experiencia de la presencia como experiencia del silencio nos conduce hasta Dios. Pág. 54
Hoy en día ya no podemos rezar porque nos encontramos constantemente expuestos al ruido de la información y la comunicación. No nos es posible cerrar los ojos porque nuestros ojos están obligados al atracón constante, a «comer». Cerrar los ojos significa permanecer en silencio: «Al orar y al contemplar, toda el alma debe permanecer en silencio y soportar el vacío para que solo trabaje la parte sobrenatural, para que trabaje en ese vacío, para que se una al punto máximo de toda la energía del alma». Pág. 55

En esta época de fortalecimiento desmedido del ego no tenemos acceso a Dios: «La voluntad de Dios: ¿cómo reconocerla? Cuando creamos silencio en nuestro interior, cuando acallamos todo anhelo, toda opinión, y pensamos con amor, con toda nuestra alma y sin palabras» Pág. 55
El silencio de Dios no es una ausencia de palabra o de sonido, sino una sensación sumamente positiva, más positiva que el sonido e infinitamente más llena de significado que la palabra. Es una intensidad perceptible con los sentidos que supera incluso la belleza de la naturaleza. Pág. 56
Belleza
En el fondo, el arte es profundamente religioso. Nos permite entrar en un «sano contacto» con aquello que nos «trasciende». Pág. 59
La belleza suprema es un sacramento. Para salvar lo bello, habría que arrebatárselo a la obligación consumista y volver a espiritualizarlo. Pág. 60
Mientras podemos pensar, querer, desear, lo bello no se presenta». Lo bello requiere distancia. Pág. 61
Lo bello evita que el alma desarrolle adiposis porque invita al observador a renunciar a «comer». La observación de lo bello anula la imaginación como instancia de apropiación. Ante la visión de la belleza, el alma no puede sino ayunar. Pág. 61
«Lo bello es lo que deseamos sin ánimo de comérnoslo. Deseamos que exista». El acto de comer es la causa del mal de fondo de la humanidad: «Quizá, en esencia, los vicios, las depravaciones y los crímenes son casi siempre, o incluso siempre, tentativas de comer la belleza, de comer lo que solo se debe mirar». Pág. 62
La consagración de la hostia deja al descubierto una parte de la materia, la desnuda, la desviste, esto es, la despoja de cualquier finalidad y, de ese modo, la convierte en divina. La hostia es una materia divina en la medida en que se encuentra desnuda y vacía. La materia sola, sin objetivo ni utilidad, es un sacramento. No acalla hambre alguna. Pág. 62
El medio sin fin nos libera de la actividad como producción. Únicamente la observación contemplativa puede acceder a lo bello. Pág. 63
Lo bello como encarnación de Dios proporciona a la ciencia sacralidad. Por eso, en última instancia toda ciencia es una teología: estudia el orden divino del universo. La belleza como encarnación de Dios espiritualiza la ciencia. Eleva el estudio hasta convertirlo en una oración. Estudiar y orar confluyen. Pág. 63

El verdadero artista solo es un medio a través del cual Dios observa su creación desde una particular perspectiva. Pág. 63
El único grito posible ante una obra de arte verdadera es: No soy nada. Obedezco. Pág. 66
A diferencia del arte, la técnica destruye la belleza de la materia sometiéndola al poder humano de disposición y degradándola hasta convertirla en un simple medio para la consecución de un fin. Pág. 67
Sería interesante averiguar si sería posible concebir una técnica que también obedeciese; una técnica que fuese acompañada de contemplación y meditación. En tal caso, existiría la posibilidad de espiritualizar la técnica. Pág. 68
Dolor
Le daría la razón a Ernst Jünger en su idea de que el dolor «es una de esas llaves con que abrimos las puertas no solo de lo más íntimo, sino a la vez del mundo». Pág. 70
Percibimos la realidad fundamentalmente a partir de sus resistencias, que nos duelen. De ese modo, la realidad se nos cuela en el cuerpo a través del dolor. Allí donde, como ocurre en la actualidad, todo se disuelve en lo agradable, en lo cómodo, nada es real. Pág. 70
«Cuando un aprendiz se hace daño o se queja de cansancio, los obreros, los campesinos, tienen una hermosa expresión: “Es el oficio que entra en el cuerpo”»…
Solo a través del dolor accedemos al mundo, a la belleza y también al amor. A través del dolor, la belleza del mundo penetra en el cuerpo. Sin dolor, nos quedamos sin mundo, caemos en el olvido del ser. El dolor es el medio por el que la realidad se nos anuncia y nos deja constancia de ella: «Cada vez que sufrimos un dolor podemos decir en verdad que es el universo, el orden y la belleza del mundo, la obediencia de la creación a Dios, lo que nos entra en el cuerpo. Pág. 70
«…creeremos en mayor o menor medida que es nuestra voluntad la que ha creado al mundo y la que lo gobierna. En cambio, la desdicha nos enseña, de golpe y para nuestra sorpresa, que eso no es cierto. Cuando, en ese momento, celebramos, estamos alabando realmente la creación de Dios». Pág. 71
La dialéctica del dolor de Weil se basa en la idea de que ese agujero es una apertura que conduce a Dios. Pág. 71


Sin negatividad, no hay ascenso hacia Dios. Pág. 72
En la «plenitud de la alegría» no hay «ningún yo». La alegría es «la conciencia de aquello que no es yo». Pág. 72
La ética de la misericordia se basa en el dolor que experimentamos al ver el sufrimiento del otro.
Sin dolor se desarrollaría una indiferencia hacia el otro. La incapacidad de sentir dolor conduce, en último término, a la ausencia de empatía. Pág. 72
Nuestra sociedad está dominada por la algofobia. Ni siquiera el amor debe doler. Incluso el arte y la música son víctimas de este delirio por la complacencia. Pág. 73
El consumo y la religión no son compatibles entre sí. La algofobia le cierra el paso a Dios.
Nuestro lema actual es wellbeing (‘bienestar’). El mundo ha de estar formado exclusivamente por zonas de bienestar o confort. Y rendimos culto al dispositivo de la felicidad. El dolor es una desdicha que hay que evitar a toda costa. Esta sociedad paliativa, enemiga del dolor, se parece a ese mundo feliz de Huxley en el que el sufrimiento está estrictamente prohibido: cualquier necesidad debe satisfacerse de inmediato. Pág. 73
Si las despedidas duelen, eso demuestra que los lazos forjados son verdaderos. En cambio, la indiferencia y la falta de compromiso no duelen… El orden vital constituye un «orden del dolor». El dolor es un «instrumento de la separación entre auténtico e inauténtico en el fenómeno de lo vivo». Pág. 74
Inactividad
Hay que detenerse hasta que la cabeza, el corazón y los miembros sean puro silencio. Robert Musil. Pág. 76
En la sociedad neoliberal del rendimiento, el esclavo y el amo confluyen en la misma persona. El esclavo solo se ha liberado en apariencia, convirtiéndose en amo, concretamente en empresario de sí mismo. Cree que ya no está sometido a la voluntad ajena, que es libre, auténtico y creativo, pero en realidad es su propio esclavo. Pág. 78
Nos volvemos dependientes de las sustancias digitales. Así, somos adictos a estímulos que arrasan nuestra atención. La consecuencia es la sociedad de la adicción. Pág. 78
Esta inmanencia del consumo y de la comunicación nos ha alejado de toda trascendencia. El consumo hace que Dios se vuelva prescindible. El delirio del rendimiento y de lo que se ha dado en llamar industria «creativa» nos impide ver la belleza de la verdadera creación. El ganado se diferencia de los esclavos en que no se rebela: no aspira a nada en su cercado ni tampoco sale de él, porque solo en ese recinto encuentra alimento. Pág. 79
Hoy es más necesario que nunca aproximarse de una forma contemplativa al mundo, en lugar de someterlo a los objetivos del ser humano. La mirada, la atención contemplativa que se demora, es precisamente lo que puede recuperar el vínculo roto entre el espíritu y el mundo. Pág. 81
…los tres monstruos de la civilización actual son el capital, la digitalización y la inteligencia artificial. Los tres rebajan al ser humano, al espíritu, hasta transformarlo en esclavo de la cuantía y de la eficiencia. Una vez más, nos hemos convertido en esclavos de nuestras propias producciones. Pág. 81
Simone Weil diría que todos nosotros somos unos idólatras. El bien que deseamos y veneramos es una mera cuantía, un ídolo… solo hay una elección posible: «o bien se adora al verdadero Dios, o bien se practica la idolatría».
Son obscenas la hiperactividad, la hiperproducción, la hipercomunicación y la hiperaceleración, a las que se ha despojado de dirección, es decir, de sentido. Pág. 82

Hoy en día el alma se está perdiendo en medio de un desenfrenado torrente de información y comunicación, que impide construir una arquitectura estable… Las ceremonias religiosas se basan en un orden simbólico que nos une al universo. También proporcionan una cohesión que mantiene a las personas unidas entre sí. Generan una comunidad: «Ceremonia: Yo —¡que soy todo el universo!— soy, sin embargo, una parte de ella. Y también los demás son una parte. Están aquí, como yo. Nada más y nada menos». Pág. 83
«La esclavitud es el trabajo que carece de luz de eternidad, de poesía y de religión». Pág. 84
Hay que trasladar el trabajo al plano de un acto simbólico, por ejemplo, celebrando una fiesta «la víspera del gran día en que un pequeño campesino de catorce años labra solo por primera vez». La fiesta confiere al trabajo una sacralidad espiritual. El pequeño campesino labra para Dios. Su cultivo es como una oración: «Hacer mediante ellas [las fiestas] que los hombres y las mujeres del pueblo vivan perpetuamente bañados en una atmósfera de poesía sobrenatural» Pág. 83
Toda actividad que no albergue en su corazón un silencio contemplativo se asemeja a la esclavitud. Es el silencio lo que espiritualiza la acción humana; calma la actividad hasta convertirla en inactividad.» Pág. 85
Imagen destacada de la entrada: Rajukhan Pathan – https://www.pexels.com/es-es/foto/naturaleza-aves-insecto-rama-23075634/ (modificada)
Otro libro suyo aquí comentado: