Ningún carisma basta por sí solo. El final de los espacios cerrados. Libro.

Cozza, R. Ningún carisma basta por sí solo. El final de los espacios cerrados, Paulinas, Madrid, 2019, 187 pp.

Un libro que viene a completar una visión de lo que hoy en día conocemos como Misión Compartida. El autor, (religioso de los Josefinos de Murialdo) colabora en varias revistas y desea, desde esta publicación, insistir en algo que hoy la Vida religiosa debe tener como algo básico: no hace sola la Iglesia, ni es el último reducto de la “perfección” como antes se entendía. Hoy, se debe caminar por los senderos de la Misión que se comparte de manera total y a la que servimos todos, matizados por nuestros carismas, pero no como algo exclusivo, sino lleno de complementariedad.

A lo largo de once capítulos, va pasando revista a la situación actual de la Vida religiosa y cómo ha ido haciéndose fuerte en determinadas posturas (que la han fosilizado) y cómo debe caminar hacia realidades nuevas que suponen un cambio de rumbo en relación con las formas en las que había desarrollado su carisma.

Títulos como: “los carismas nacieron siendo laicos” o “la vida religiosa en la época de la ‘deriva funcionalista'” o “insignificantes si se pierden los horizontes eclesiales”, nos da una idea de por dónde apuntan los criterios del autor a la hora de reflejar cómo está la vida religiosa en relación conla situación actual y el mundomoderno.

Decididamente nos sitúa en un contexto nuevo, donde hoy el compartir la espiritualidad, la misión y, acaso, la vida, nos llevan por derroteros nuevos que, a veces (muchas veces) no encajan con las estructuras que ya tiene la vida religiosa hecha. Y por eso, podemos leer del propio autor: “… en la época de la alta velocidad, la causa de que un tren llegue siempre con retraso son las vías anticuadas y rígidas. Y, en cuestión de historia, llegar tarde es no llegar… Ante esta situación, sigue diciendo, ¿cómo se comportan las instituciones? La mayor parte están tentadas -de ahí su debilidad- de hace frente a la sensación de extrañeza fijando primordialmente su atención en lo funcional, en las estructuras organizativas, que se conservan como patrimonio que ofrece seguridad y dejando a un lado ser parábola del evangelio en este momento de la historia…” (pág. 157)

Es pues, una llamada de atención a poner nuestra vida al servicio de aquellos que comparten con nosotros esa misma ilusión carismática y ofrecer nuevas estructuras para no caer en carismas encerrados en el estrecho margen de los Institutos con ciertos años de historia. No se trata de desdeñar lo que se ha vivido con una enorme creatividad una vez desaparecidos el Fundador y los primeros integrantes del Instituto religioso, sino cómo, en la situación actual, se revive la intuición carismática y se adecúa a la nueva realidad de una Iglesia “Pueblo de Dios”, que quiere y desea seguir presentando el lado más creativo y dinámico del Evangelio en sus plasmaciones de “familia carismática”. Y esto supone ver las cosas con una novedad diferente donde haya espacios para el compartir y el vivir de manera también diferente laicos y religiosos en Misión, en espiritualidad y en vida compartida.

Todo lo anterior lleva a la Vida religiosa a buscar estructuras nuevas, espacios nuevos donde se haga fehaciente ese compartir a fondo la realidad carismáticas. No vale encerrar en los viejos moldes, como dice el autor, lo que ya se tiene como estructura canónica en el seno de la Vida religiosa (capítulos, consejos, etc.) sino explorar nuevas formas que den paso a aceptar como realidad de hoy la “familia carismática” como algo diferente, ilusionante y decisivo en el vivir de hoy. Es un desafío al que hay que aportar enormes dosis de creatividad, incluso dejando de lado algo que ya se tenía como seguro. Es un tiempo nuevo donde vivirlo así, como novedad, reclama lo que dice el autor: “En una época en el que los puntos de contacto entre la cultura actual y las formas históricas de la vida religiosa son muy pocos, es impensable hacerlos interactuar con reèrtorios no actualizados… Es decir, saldrán de la crisis los Institutos que sepan cómo vivir el momento presente como un hecho paradójicamente providencial y con la presteza que solo un hecho nuevo puede suscitar…” (pág. 163)

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