En la presente entrada queremos hacer accesible, esta vez en formato digital, un libro sobre espiritualidad lasaliana del Hno. Jean Pungier (1920-2011), que allá por 1980 publicó el Centro Vocacional La Salle, Bujedo (Burgos).
El Hermano Jean Pungier residió en la Casa Generalizia de 1977 a 1993, fue formador el CIL y miembro del equipo de investigación lasaliana. Junto con el Hermano Ives Poutet publicó «Un educador ante los desafíos de su tiempo».
El texto que ahora presentamos volvió a publicarse en el Distrito de Francia en septiembre de 2025. Y creo que es señal de que mantiene su frescura y es capaz de seguir explicándonos qué es esto de la espiritualidad lasaliana.

Os animo en su lectura, en esta entrada está el texto completo, encontraréis muchas citas de las meditaciones, de hecho es a partir de ellas que va describiendo los trazos más importantes de nuestra espiritualidad. Al inicio encontrarás las fechas más importantes en la biografía del fundador, un esquema síntesis, las grandes actitudes espirituales del educar… ya en el índice puedes ver por dónde va.

En la página web de lasalle-france encontramos también otro texto interesante, muy conectado con el que ahora presentamos: «Vers une spiritualité lasallienne» (Hacia una espiritualidad lasaliana» elaborado por el Comité de Investigación Lasalian en 2023. Obviamente está en francés, pero con un traductor fácilmente podremos acceder.

Autor: Jean Pungier, FSC

Índice

Presentación
Las grandes fechas de su vida
El punto de partida de las «meditaciones
Las grandes actitudes espirituales del educador según La Salle

1.- Una «espiritualidad» en sentido profundo de vida de aceptación del Espíritu Santo.
2.- Comulgar con la voluntad del Dios de Jesucristo que quiere salvar a todos los hombres.
3.- Imitadores de Dios.
4.- La oración del educador.
5.- Ofrecerse a Dios.
6.- El objetivo del «ministerio»: hacer vivir la vida del espíritu.
7.- Dejarse educar y evangelizar por los pobres.
8.- Alejar los obstáculos, a la salvación.
9.- Medios de salvación al alcance de los alumnos.
10.- Los milagros que estamos llamados a realizar.
11.- Amad como Jesucristo ha amado a su Iglesia.
12.- Agradecer a Dios.

Téngase en cuenta que los textos estudiados son del siglo XVII y, por otra parte, La Salle se caracteriza por el rigor doctrinal. Estas circunstancias imponen un esfuerzo especial para entrar en su pensamiento. Sin embargo, dicho esfuerzo resultará recompensado por la satisfacción de encontrar unas perspectivas espirituales tan concretas y existenciales para el educador cristiano, incluso hoy mismo.

No habrá de qué extrañarse por encontrar frecuentemente las expresiones «Hermanos» y «Hermanos de las Escuelas cristianas» puesto que los textos de La Salle se refieren a su profesión y a su misión. Pero todo educador puede vivir de la espiritualidad lasaliana. Esta, por otra parte, no se desarrolla aquí en toda su amplitud: se ha querido poner de relieve tan sólo aquello que puede dar sentido, en la fe, a nuestro compromiso de maestro, de educador y de catequista.

Presentación

Juan Bautista de la Salle es mejor conocido como educador popular que como Maestro espiritual. Sin embargo, al lado de obras pedagógicas célebres y frecuente­ mente reeditadas, ha dejado unas Meditaciones, un tratado sobre la oración y otros escritos espirituales.

Y si ha contribuido poderosamente a la democratización de la enseñanza, a la renovación de la escuela, a la transformación de la relación educativa, esto lo realiza estableciendo sobre el evangelio una fraternidad de «laicos» consagrados a Dios en el servicio de la juventud abandonada.

Por otra parte, Juan Bautista de la Salle no ha elaborado una «espiritualidad» abstracta y deductiva. Su punto de partida es la vida misma de sus Hermanos. Les remite a sus situaciones concretas, sus preocupaciones diarias, los deberes sencillos o arduos de su oficio, y sobre todo el tejido palpitante de sus relaciones con los jóvenes. Les ayuda a penetrar en la profundidad «mística» de su propio ministerio: a través de su acción, la obra misma de Dios, la salvación de Jesucristo se actualiza para esos niños que les han sido confiados.

Pero este lenguaje espiritual no es aceptable sino en la medida en que, ante todo, Juan Bautista de la Salle trabajó ardientemente y combatió valerosamente para promover la calidad profesional de estos maestros de escuela y hacer reconocer su dignidad en la Iglesia y en la sociedad.

El folleto preparado por el hermano Jean Pungier pone muy de manifiesto la unidad profunda de la enseñanza espiritual lasaliana; muestra que, en la experiencia, las realizaciones, los escritos del Fundador de los Hermanos de las Escuelas cristianas, no se puede disociar el impulso evangélico que inspira y los elementos de una pedagogía en la que se encarna.

El porvenir de la Escuela cristiana dependerá, cada vez más, de la valía profesional y de la inspiración evangélica de los «laicos». Este trabajo sin pretensiones manifiesta que la espiritualidad a un tiempo bíblica y pragmática de Juan Bautista de la Salle puede iluminar el camino, no solamente de los Hermanos de las Escuelas cristianas, sino de todos los que, en la Iglesia, se consagran a la educación de la juventud. Por esto mismo, la publicación de este folleto constituye un acto de esperanza.

Miguel Sauvage, fsc.

Juan Bautista De La Salle

las grandes fechas de su vida

1651 El 30 de abril, nacimiento en Reims. Su padre es consejero del rey en el Presidial. Su madre está relacionada con la nobleza campesina. Él es el mayor de los diez hijos de los cuales cuatro murieron muy jóvenes.

1662 La atmósfera familiar es cristiana. Muy pronto considera su vocación al sacerdocio. A los once años recibe la tonsura.

1668 Inicia los estudios teológicos.

1671 Pierde a su padre y al año siguiente, a su madre. Le confían la tutela de sus hermanos durante cuatro años. Tiene 20 años.

1678 Licenciado en teología, recibe el sacerdocio; se convierte en albacea de un amigo, el canónigo Roland, quien le confía el cuidado de la congregación docente por él fundada.

1679 Encuentra a Adrián Nyel venido a Reims para desarrollar las escuelas gratuitas de muchachos; con el fin de asegurar el éxito de esta misión, lo recibe en su casa el tiempo conveniente.

1680 La Salle se doctora en teología. Comienza a reunir a los maestros de Nyel para formarlos en la vida comunitaria.

1683 Renuncia a sus funciones de canónigo. Los maestros de quienes se ocupa son pobres: rehúsa mantener una situación segura.

1683-1684 A lo largo del invierno riguroso distribuye toda su fortuna a los pobres. Es el salto definitivo al mundo de los pobres.

1686 Algunos Hermanos se consagran a Dios por el voto de obediencia.

1689 La Salle deja Reims a fin de no limitar su acción a una sola diócesis.

1690 Un viento de deserción sopla sobre los Hermanos. Los recursos son exiguos. La enseñanza es penosa. Mueren algunos maestros excelentes. Los «Maestros calígrafos» y los «Maestros de las escuelitas» manifiestan su oposición. El desaliento reina en la congregación.

1691 Con Nicolás Vuyart y Gabriel Drolin, La Salle pronuncia un voto heroico prometiendo trabajar con ellos «mientras estén vivos» para establecer el instituto de los Hermanos.

1693-1694 Invierno desastroso. La Comunidad sufre el hambre. El Fundador y doce Hermanos se consagran a la Santísima Trinidad prometiendo obediencia «al cuerpo de la Sociedad» así como a los superiores. A este voto fundamental, añaden el voto específico de «mantener juntos y por asociación las escuelas gratuitas» aunque para ello les fuera necesario «pedir limosna y vivir sólo de pan».

1689 Jaime II, rey de Inglaterra, refugiado en Francia, confía a La Salle cincuenta jóvenes irlandeses cuyos padres están en la miseria. Madame de Maintenon interviene en favor de las escuelas lasalianas, que los «Maestros calígrafos» querían destruir a causa de la competencia.

1701 La Salle envía dos Hermanos a Roma para testimoniar su sumisión al Papa.

1704 Los «Maestros calígrafos» de París exigen la clausura de las escuelas lasalianas. La justicia civil les da la razón. El Chantre de Nuestra Señora («director diocesano») condena igualmente a los Hermanos. Motivo: se niegan al control del estado de pobreza de las familias que les envían alumnos.

1705 La Salle presencia con dolor la oposición de su hermano Luis, canónigo de Reims, al Papa por ideales jansenistas.

1709 Invierno riguroso y gran hambre. El «seminario de maestros para el campo» -especie de escuela normal fundada por La Salle en San Dionisio- debe cerrar por falta de víveres. Mientras, en Roma, Gabriel Drolin obtiene la dirección de una «escuela del Papa».

1713 En París, el cardenal de Noailles, jansenista, descarga parte de su rencor sobre La Salle y sus Hermanos indefectiblemente fieles al Papa. La Salle, creyéndose un obstáculo, deja París. La congregación experimenta un desconcierto total. Los novicios abandonan. Entonces, los principales Hermanos redactan una especie de requerimiento a su fundador y le recuerdan los términos de su voto de 1694: Es conveniente que gobierne la congregación. La Salle vuelve a París. Desde entonces toda su preocupación será la de preparar un sucesor elegido entre los Hermanos.

1716 En Calais, el gobernador militar promete su ayuda para ampliar la escuela gratuita de los grumetes de la marina.

1717 En San Yon, cerca de Ruan, reunión del primer Capítulo General de los Hermanos. El Hermano Bartolomé es elegido primer Superior general de la congregación. Es un laico, no un sacerdote. En el mundo jerarquizado del siglo XVII, la dignidad sacerdotal supone privilegios sociales: La Salle quiere que Hermanos y alumnos estén al mismo nivel.

1719 El 7 de abril, en San Yon, Juan Bautista de La Salle muere, a la edad de 68 años. Sus últimas palabras: «Adoro en todo la voluntad de Dios para conmigo». Sus adversarios más encarnizados le rinden homenaje.

El punto de partida de las «meditaciones»

«Meditaciones para el tiempo del retiro» – «Presentación». Por H. Miguel Campos, pp. 42-43.

Las grandes actitudes espirituales del educar según La Salle

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J, B. S., Anunciar el Evangelio a los pobres, p. 44-45

1.- Una «espiritualidad» en sentido profundo de vida de aceptación del Espíritu Santo

Med. 43, 3

«Vosotros ejercéis un empleo»:

No se trata en principio de la misión de catequista. Se trata del oficio de maestro. Es a través de él -las relaciones que establece, el servicio que ofrece, la liberación que eventualmente permite– aunque también en la acción catequística propiamente dicha, como habéis de «mover los corazones».

Este «empleo… os pone en la obligación de mover los corazones»:

No se trata de «obligación» moral, pues sólo el Espíritu nos puede capacitar: tenemos la obligación de acoger al Espíritu (si se puede hablar así), y antes de eso ponernos en actitud de acogida.
Tenemos ciertamente la experiencia de una palabra, de una actitud que nos han «movido el corazón», que han «tocado el corazón» de un joven -se trata, por supuesto, no de algo sentimental, ni siquiera de «simpatía», sino de una verdadera luz, de aquella que da un sentido evangélico a la vida, de un dinamismo de conversión interior-.
«Mover el Corazón de un joven…» ¿Qué pedagogía supone este hecho? ¿Qué estilo de relación, con cada uno y con el grupo, exige? ¿de mi parte como del conjunto de educadores?

«No lo podéis realizar sino por el Espíritu de Dios»:

Y he aquí revelada la verdadera situación del educador cristiano. Por una parte, está en la «obligación» de convertir a los jóvenes que le han sido confiados, y por la otra, debe persuadirse que sólo el Espíritu convierte… ¿Cómo vivir tal situación? La Salle responde: en y por la oración. Una oración que mantiene los dos objetivos: mi santificación, la salvación de los demás.

«Que os conceda hoy la misma gracia que otorgó a los santos Apóstoles»:

Texto impresionante. ¡Qué lectura realista de la Biblia! Las maravillas de Salvación que han realizado los Apóstoles pueden realizarse hoy, delante de nosotros, como se han realizado a lo largo de la historia de la Iglesia. Y se renuevan, en efecto, en el corazón de los santos y de las comunidades cristianas que se disponen a escuchar al Espíritu. Para La Salle, la razón es sencilla: ayer como hoy, es siempre el mismo Espíritu el que obra y el que no ha perdido nada de su fuerza para «mover los corazones». Siempre la misma responsabilidad dejada a los hombres: la de aceptar dejarse «colmar» por este Espíritu.

«Procurar la salvación de los demás»:

No conviene pensar en la «Salvación» de los jóvenes en una perspectiva desencarnada: se trata de la salvación que ofrecemos a través de nuestro «empleo» tanto como a través de nuestra catequesis. Y es una salvación para hoy, prenda por ello mismo de la salvación de mañana. La salvación es don del Dios creador, del Dios que trabaja en el corazón del mundo para darle consistencia y realidad y es también don del Dios Redentor. Todo joven ha sido creado a imagen de Dios: ayudarlo a ser un poco más, siempre más, esta «imagen», he aquí la misión del maestro y educador.
¿Cómo situar la acción del Espíritu y la nuestra en esta obra de salvación? Digamos que el «corazón» del joven siempre es movido por el signo de amor que nosotros le ofrecemos, pero la realidad (que este signo traduce más o menos bien) viene del Espíritu que obra en lo más íntimo de ese corazón.

J. B. S., Anunciar el Evangelio a los pobres, 486-487

2.- Comulgar con la voluntad del Dios de Jesucristo que quiere salvar a todos.

Med. Retiro 1- 3

«Dios quiere que todos los hombres… se salven»:

La Salle nos sitúa, de entrada, en el corazón del Misterio de Dios. Misterio revelado en Jesucristo: Dios ama a los hombres. Y este amor busca la comunión más completa. Dios quiere ser conocido de todos los hombres. Dios quiere salvarlos a todos. La tarea del educador no tiene esta dimensión universal. Su clase, los niños de los que se ocupa, se circunscriben a un punto del mundo y de la historia. Sin embargo, la voluntad salvífica universal de Dios los toca directamente: si Dios quiere la salvación de todos, quiere la salvación de cada uno de estos jóvenes que nos son confiados. Es esta perspectiva grandiosa de un amor universal la que fundamenta, en definitiva, esta decisión de consagrarse a la salvación de los más pobres y de los más «alejados de la salvación».
El celo del educador nace de este sentimiento de responsabilidad ante Dios y ante cada uno de estos jóvenes. Es comunión con un amor que no conoce fronteras.

«que lleguen al conocimiento de la verdad»:

Se trata, evidentemente, de la verdad que tiene relación directa con la salvación, que da sentido evangélico a la vida y a la muerte. La Salle, con una palabra, va al centro de lo que conviene incluir bajo esa palabra: «Esta verdad es Dios mismo y lo que nos quiso revelar, sea por Jesucristo, sea por los santos apóstoles, sea por su Iglesia» (Med. Ret. 1-1). La verdad que debemos «anunciar» es el Dios que se revela en Jesucristo, aquél de quien nos habla el Nuevo Testamento, el que han acogido los santos de todos los tiempos. Conocer la verdad es encontrar a Dios en el seno de nuestra historia personal y comunitaria.

Este conocimiento es fe,

Este conocimiento es fe, es decir, respuesta de adhesión y compromiso. Es don. Don del Espíritu, el único que puede introducirnos en la comunión de Dios. Este conocimiento no ha terminado jamás de alimentarse de la Escritura:

«Son estos libros divinos los que deben comer, según expresión del Profeta, y de los cuales se deben llenar los verdaderos servidores de Dios, para comunicarlos y exponer los secretos que encierran a quienes, por deber y de parte de Dios, tienen que formar en el cristianismo.
Si vosotros queréis vivir en plenitud del espíritu de Dios, y capacitaros profundamente para el empleo, esforzaros en estudiar los Libros sagrados, particularmente el Nuevo Testamento, para que se conviertan en norma de conducta, tanto para vosotros mismos como para aquellos a quienes instruís». (Med. 100-1).

«Y esto no lo puede querer verdaderamente sin dar­ les los medios y, por con­ siguiente, sin proporcionar a los niños maestros»:

Dios da los «medios de salvación». Dios proporciona los maestros…
Es el pensamiento profundo de La Salle: la llamada que nace en el corazón de los Hermanos es don de Dios. Un don para ellos mismos, primeramente, pues son los primeros beneficiarios de la Buena Nueva que han de anunciar a los niños. Son los primeros en experimentar la liberación que proporciona el Evangelio en acción y sus Bienaventuranzas; conocen el gozo filial y la libertad del Espíritu. Don para los niños, puesto que a través de su «empleo», su oficio de «maestros», los introducen en la realidad salvadora de Jesucristo.

«sois vosotros los elegidos»:

Hay que persuadirse que a través de los acontecimientos propios de cada uno, que nos han conducido a dar un sentido evangélico a nuestro oficio de educadores y maestros, Dios ha intervenido. Para La Salle es conducta ordinaria de la Providencia el tomar en cuenta la iniciativa y el compromiso del hombre.

«para esta obra»:

Si hemos sido «elegidos» por Dios, no es en vistas a una relación con él cerrada en sí misma. Se es «elegido para». Para una misión. Para trabajar en el «campo que Dios cultiva» y en «el edificio que él levanta». Llamada y envío están indisolublemente ligados en el corazón del encuentro con Dios. «La obra de Dios»: el Dios del Evangelio no cesa de obrar en las profundidades del mundo y de la historia. El Espíritu está en acción: se mantiene a la puerta de nuestros corazones y golpea. Abriéndole, acogiéndolo, seremos «obreros con Dios». Es un trabajo exigente. No se puede descansar ante el hecho de que sólo Dios llega a los corazones. Nuestra acción se impone. La tarea puede parecernos aplastante. La Salle nos invita a hacernos «pequeños», pequeños ante Dios, pequeños ante los jóvenes, «hermanos»:

«Si queréis convertir y ganar para Dios fácilmente a vuestros discípulos, sed niños como ellos, no en prudencia, dice San Pablo, sino en malicia: Cuanto más pequeños os hagáis (…) más conmoveréis los corazones de aquellos que instruís…» (Med. 79-2).

«con (los discursos) que el Espíritu de Dios inspira»:

Si nosotros estamos «todos los días con los pobres», igualmente «todos los días» se nos dará el Espíritu, para nuestra salvación, ciertamente, pero también para la salvación de los demás. Nos toca cuidar que «nuestros discursos» sean evangélicos, que digan la sabiduría de Dios.

«a sus ministros»:

«Ministros de Dios y dispensadores de sus Misterios»: esta expresión es de San Pablo. La Salle la aplica a los Hermanos tanto como a los sacerdotes y obispos. Los misterios son diversos. A través de ellos, el Espíritu se manifiesta «para utilidad de la Iglesia». Son dones de Dios:

«No debéis dudar que sea un don excelente de Dios el que os concede al encargaros de instruir a los niños, anunciarles el Evangelio y educarlos en el espíritu de la religión.» (Med. Retiro 9-1).

3.- Imitadores de Dios

Med. Retiro 9-3

«Vuestro empleo»:

El empleo, trabajo de enseñanza, educación y catequesis debe, para La Salle, situarse en una perspectiva teológica concreta. Es participación en el designio de Dios. Del Dios simultáneamente creador y salvador. Es el mismo Dios quien quiere que estos niños tomen, día a día, su dimensión de hombre, personal y social, y que quiere verlos rechazar el pecado y acoger al Espíritu: verdaderos hijos de la tierra y verdaderos hijos del cielo.

«tiene por fin la salvación de las almas»:

«La salvación de las almas»: es lenguaje del siglo XVII.
Se trata de la salvación total de estos niños pero en la perspectiva del fin de los tiempos. ¿De qué les serviría, en efecto, ser «salvados» hoy si el cielo se les cierra eternamente? La Salle subraya de este modo el desinterés fundamental que reside en el corazón del «ministro del Evangelio».
De lo que se trata es de la educación cristiana. De este modo «el empleo» tiene «por fin» insertar estos niños en la sociedad que es y será la suya, de ahí el cuidado por enseñarles a leer, a escribir, a contar, en iniciarlos a la «urbanidad» y la «cortesía» de la época… Conviene que la escuela «vaya bien», según expresión del santo, pero introduciéndolos en la sociedad como cristianos. Toda la pedagogía se propone mover el «corazón»: es necesario que estos niños piensen y sientan como Jesucristo; las Bienaventuranzas, la vida de la primera comunidad cristiana, he aquí la perspectiva educativa.

«No basta que los niños permanezcan en la escuela durante la mayor parte del día y que se ocupen en ella; es necesario que aquéllos que se encargan de instruirlos se dediquen particularmente a formarlos en el espíritu del cristianismo, que les da la sabiduría de Dios, que ninguno de los Príncipes de este mundo ha conocido, y que se opone radicalmente al espíritu y a la sabiduría del mundo, respecto de la cual se debe inspirar mucho horror puesto que sirve de envoltura al pecado.»

Med. Retiro 2-2

«tanto como os es posible»

Esta expresión vuelve frecuentemente a la pluma del Fundador. Debe relacionársela con ésta: «tanto como Dios os pedirá». Para La Salle son equivalentes si se acepta creer que «nuestro» posible debe medirse con la medida de una vida abierta al Espíritu.

«En esto debéis imitar a Dios»:

No se trata de una imitación exterior o que se exprese en actitudes predeterminadas: se trata de una comunión muy profunda en el designio de Dios, con su voluntad de salvación. Comunión que no se detiene en una contemplación de tipo intelectual: del mismo modo como el Padre se compromete enviando «a su propio Hijo» al mundo, nosotros nos ofrecemos a Él para trabajar en su «obra».

«el celo y ansia que tuvo por su salvación»:

El Dios que nos envía no es el de los filósofos (el «Motor primero», el «gran Relojero»…). Es el Dios que Jesucristo nos ha revelado: Dios apasionado por el hombre y su historia, Dios partidario del pecador y del débil, el Dios de los pobres. Es ésta la Buena Nueva que debemos proclamar en actos y en palabras.
«Mantened en vosotros los sentimientos que tenía Jesucristo», nos dice San Pablo. Guardemos las preocupaciones de Dios que quiere la salvación de todos. Dirijamos sobre los niños la misma mirada que Dios les dirige:

«Debéis mirar a los niños, de cuya instrucción estáis encargados, como a huérfanos pobres y abandonados; en efecto, aunque la mayor parte tengan un padre sobre la tierra, viven como si no lo tuvieran, y como abandonados a sí mismos en lo que se refiere a la salvación del alma; por esta razón Dios los confía de alguna manera a vuestro cuidado, los mira piadosamente, y los cuida como si fuera su protector, su apoyo y su padre, y este cuidado es el que os deja a vosotros.».

Med. 37-3

¡Dios «nos deja» a nosotros el cuidado de revelar a los niños la protección, el apoyo y la paternidad de Dios! Si nuestra oración nos ayuda a comulgar con «el celo y el ansia» que Dios siente para con los niños que nos han sido confiados, entonces saldremos de ella con un impulso renovado: tendremos, en efecto, que comulgar con este amor personal que no cesa de llamarnos y de enviarnos. Nos sentiremos siempre más «ministros del Dios de Jesucristo», «embajadores» de su amor y de su salvación. Así es como la conciencia de nuestra vocación puede dilatarse en acción de gracias.

«viéndolos sumidos en el pecado e incapaces de re­ dimirse por sí mismos»:

¡La gran miseria de los niños «abandonados a sí mismos»!
Desde la perspectiva de la fe ¿puede haber mayor tema de tristeza y llamada más vehemente al celo apostólico? Si Dios quiere «la salvación de todos» hasta el punto que ha enviado «a su propio Hijo» para merecer a todos «la gracia de ser hijos de Dios», encontrar niños prisioneros del pecado; del pecado que los envuelve por todas partes; pecado colectivo de una sociedad injusta hacia los pobres y los pequeños; pecado personal convertido en hábito. ¿Quién librará a estos jóvenes de tal esclavitud?
Para La Salle sólo quienes hayan experimentado la libertad espiritual podrán anunciarla eficazmente:

«Siendo necesario vivir para poder obrar, el primer movimiento que el Espíritu de Dios debe dar a un corazón del cual toma posesión es el de producir en él la vida de la gracia: por eso San Pablo Jo llama el Espíritu de vida y dice que ha sido este Espíritu quien le liberó de la ley del pecado. Vosotros habéis debido ser liberados de esta vergonzosa ley, puesto que, habiendo salido del mundo, habéis logrado la libertad de los hijos de Dios, con la cual Jesucristo os ha honrado.»

Med. 45-1

J. B. S., Anunciar el Evangelio a los pobres, p. 274-275

4.- La oración del educador

Med. Retiro 4-1

«Debéis acudir a Dios… para pedirle que el Espíritu de Jesucristo os anime»:

La oración del educador se dirige al Dios Trinidad. Es del Padre de quien viene todo bien, del Hijo que nos concede su Espíritu.

«Él os eligió para su obra»:

El Dios al que se reza es el mismo que llama y que envía. Es aquel que la Biblia y particularmente el Nuevo Testamento nos revelan. Hemos de presentarnos ante él como alguien que tiene una misión: realizar «la obra de Dios»; como alguien que asume responsabilidades. Sin angustia, ciertamente, pero también sin pretextos.
«La obra de Dios» es también «mi obra», y es el Espíritu quien realiza esta equivalencia, esta unidad. Tengo que percatarme de mi responsabilidad: no soy yo quien convierte, pero soy yo quien debe acoger el Espíritu de Santidad, quien debe dejarse «animar» por él.

«para triunfar en vuestro ministerio»:

«Triunfar» en el ministerio es realizar, efectivamente, «la obra de Dios». Esto quiere decir, muy concretamente, «mover el corazón» de los jóvenes, convertir­ los. Para tal «triunfo», es necesario entregarnos totalmente:

«Es menester no escatimar medio alguno hasta conseguir que vuelvan a Dios los que estén sujetos a algún vicio, porque como dice Jesucristo, no es voluntad de su Padre celestial que perezca uno solo de estos pequeños.»

Med. 56-1

«presentando… a Jesucristo las necesidades de vuestros discípulos, exponiéndole las dificultades que habéis encontrado en su conducta»:

¡Qué oración tan concreta! ¿Cómo expresar mejor la presencia de los niños y de los jóvenes en la oración de un educador? Estos jóvenes, cuya pobreza económica, afectiva, intelectual o moral nos inquieta, tienen necesidad de la salvación de Jesucristo y nos corresponde a nosotros descubrir estas necesidades y responder a ellas.

Jesucristo «no dejará de concederos lo que le pi­ dáis));

¡Sí!, lo que vosotros le pidáis después de haber tomado conciencia de las «necesidades de vuestros discípulos» y analizado mejor «las dificultades que habéis encontrado en su conducta». Naturalmente, en este esfuerzo de lucidez y de apreciación pedagógica, vuestra oración se habrá dilatado. Llamará a la conversión muy concreta de los jóvenes que han sido confiados, pero también llamará a vuestra propia conversión. Vosotros os abriréis al Espíritu, quien os hará audaces, inventivos, creadores al nivel de la pedagogía religiosa y profana, de vuestras relaciones, de vuestra mirada sobre estos jóvenes.

En resumen, la oración del educador, según Juan de La Salle, se alimenta de la conciencia que tenemos de la Voluntad salvadora del Padre. Crece a partir de todas las llamadas, formuladas o no, que los jóvenes que nos fueron confiados nos dirigen. Es apertura al Espíritu quien, misteriosa pero concretamente, nos hace capaces de dar a estos jóvenes signos más realistas, más adaptados del amor que tiene Dios por ellos.

J. B. S., Anunciar el Evangelio a los pobres, p. 322

5.- Ofrecerse a Dios

Med. Retiro 5-1

«Admirad la bondad de Dios»:

Dios es bueno: para Juan Bautista de La Salle ésta No es una afirmación gratuita que se deduciría de lo que Dios es «en sí mismo» o de lo que se nos ha dicho «en las Escrituras». Dios es bueno porque me ha llamado -con otros- para interesarme por los niños, que sin esto quedarían abandonados, ignorantes de la realidad de la salvación, alejados de sí mismos, alejados de los otros hombres, alejados de Dios. «Admirad»: he aquí una actitud fundamental del educador cristiano. El acto de fe -Dios me llama a trabajar en «su obra»- está siempre muy cerca de la acción de gracias y de la alabanza.

«proporciona los medios»:

Los «medios» que Dios proporciona no corresponden al nivel del milagro o de lo extraordinario. Su Providencia tiene en cuenta las libertades humanas. En el centro mismo de mi decisión de ir a los pobres, de consagrarme a su salvación, Dios está presente y su Espíritu está actuando.

«Ofreceos a Él para ayudar en todo a los niños»:

La contemplación de esta bondad de Dios debe llevarnos a una mayor disponibilidad, a una mayor generosidad. Esta contemplación renueva nuestras razones de vivir y de obrar, da a nuestra existencia su sentido pleno.

«según Dios os lo pida:

Esta es la invitación para permanecer en la paz. El don que hacemos de nosotros mismos debe de ser total pero -debemos saberlo (¡y aceptarlo!)- limitado. Esta humildad es una actitud fundamental, también ella. Conduce, por otro lado, a una acción comunitaria, en «asociación».

«Reconocer a Jesús bajo los pobres harapos de los niños»: si no se quiere permanecer en una vaga impresión sentimental, conviene profundizar un poco en lo que La Salle entiende por esto. Dos series de textos nos ayudarán. Por una parte, La Salle retoma con frecuencia el tema de la iluminación de la fe que permite a los contemporáneos de Jesús el presentimiento de su ministerio, es decir, el reconocimiento en este hombre, más allá de las apariencias frágiles y humanas -de las apariencias «viles» dice La Salle- de la presencia singular del Dios trascendente, la manifestación de su amor salvador, el cumplimiento decisivo de las promesas mesiánicas. Por otra parte, La Salle interpela a sus Hermanos en la Meditación para la vigilia de la Navidad: ¿no son víctimas frecuentemente de la misma ceguera de los habitantes de Belén, no pasan ellos mismos con demasiada frecuencia al lado de la venida de Cristo en su existencia, porque no saben reconocerlo en el pobre?
«¿Cuánto tiempo hace que Jesús está ante vosotros y golpea la puerta de vuestro corazón para establecer en él su morada sin que hayáis querido recibirlo? ¿Por qué?: porque Él no se presenta sino bajo la forma del pobre, del esclavo, del hombre de dolores».

Med. 85-1

J. B. S., Anunciar el Evangelio a los pobres, p. 121-123

XL Capítulo General. HH.EE.CC.

6.- El objetivo del «ministerio»: Hacer vivir la vida del Espíritu

Med. Retiro 4-3

«que vuestras palabras sean espíritu y vida para ellos»:

Son palabras de hombre que suscitan y alimentan una vida espiritual. De aquí nace la responsabilidad de quien las pronuncia. Es conveniente «hacerlo todo» para que nuestras palabras logren su objetivo: el corazón de los pobres. La «palabra» del educador, la que «procura el espíritu cristiano», «el espíritu del mismo Jesucristo» debe ser comprendida mucho más profundamente de lo que espontáneamente se piensa. Está hecha de todo aquello que puede «revelar», ser signo del amor proveniente de Dios. La enseñanza religiosa encuentra aquí su lugar, pero también «el empleo», el oficio con todo su sistema de relaciones, la ayuda y el servicio que permiten.

«porque las producirá el Espíritu de Dios que habita en vosotros»:

El educador no puede enorgullecerse del impacto de sus palabras. En la misma medida en que se convierten en Buena Nueva para los niños, superan al educador. Vienen de mucho más lejos. Le son dadas del mismo modo que a los jóvenes. Su fuerza, su eficacia vienen del «espíritu de Dios». El ministerio debe entenderse, pues, como un ministerio del Espíritu.

«vivirán de esta verdadera vida»:

«Qué perspectiva educativa! ¡Qué audacia y a la vez qué optimismo! Fe en el Espíritu y en su fuerza de renovación. Fe en el hombre -aunque sea un niño- capaz de acoger al Espíritu y de dejarse llevar por él. La antropología lasaliana se relaciona con la de los grandes espíritus franceses del siglo XVII: el hombre es «capaz de Dios». Es así como se define «imagen de Dios». La Salle aplica esta capacidad al hombre pequeño, al niño. El optimismo se resuelve en la esperanza…

«esta verdadera vida que,.. conduce a la vida eterna»:

Miguel Campos escribe: «El espíritu del cristianismo, que los Hermanos se proponen con sus instrucciones, ayudando a sus alumnos a «tomarlo», a «poseerlo», no es un objeto, es una vida en la que maestros y alumnos son atrapados por la fuerza del Espíritu, en la comunión trinitaria, como un camino escatológico en tensión hacia la «vida eterna». Vida de seguimiento del Cristo que nos precede, vida ya inaugurada pero todavía en tensión, hacia la «vida eterna». (Cah. Lass 46, p. 126 s.).

J, B. S,. Anunc, el Evang,, p. 246-247

7.- Dejarse educar y evangelizar por los pobres

Med. 189-191

«Vosotros estáis todos los días con los pobres»:

Para La Salle y los primeros Hermanos era evidente. Pero la presencia física «con los pobres» no es lo esencial. Es preciso haber hecho esta elección y en la fe. Es una presencia evangélica que es preciso asegurarles.
Convirtiéndose a los pobres, el Fundador ha descubierto, en efecto, una dimensión fundamental del Evangelio: el Dios de Jesucristo es el Dios de los pobres. Colmado del Espíritu Santo, Jesús ha ido a los pobres, principalmente. Ha querido revelar, hacer sensible el amor de Dios hacia ellos: «quien me ve, ve al Padre». Los signos del reino que él predica les conciernen: «los ciegos ven, los cojos andan…» (Lc 7.22).

«Estáis encargados… de revestirlos del mismo Jesucristo»:

«Revestirlos de Jesucristo»: la expresión es de San Pablo. ¡Qué perspectiva pastoral! Pero ¿no es caer en una mística ilusoria? Se trata, en efecto, de nuestros alumnos, de estos jóvenes que frecuentan hoy nuestros establecimientos: ¿no es demasiado esperar de ellos y apuntar demasiado alto?
Para La Salle hasta los más inclinados al «libertinaje» son capaces de recibir el Espíritu. Optimismo pedagógico, sin duda, pero, ante todo y sobre todo, fe en la fuerza de Dios y esperanza en la capacidad de un corazón en dejarse «mover» por la gracia y en convertirse.

«¿Habéis tenido el cuidado de revestiros vosotros mismos?»:

No se debe tentar a Dios: nuestras palabras serán «espíritu y vida» para los niños si son «producidas por el Espíritu de Dios» residente en nosotros. El cargo que se nos confía sobrepasa evidentemente nuestras posibilidades. Todo nuestro esfuerzo debe dirigirse a ponernos a disposición del Espíritu Santo.

«Pedid, pues, al Espíritu de Dios que os haga conocer los dones que Dios os ha hecho»:

«Los dones que Dios os ha hecho»: son estas luces y estas energías las que os han llevado a vivir este oficio de educador como un «ministerio»; a vivir las relaciones que supone de una manera realmente evangélica: el cuidado de los más pobres, de los más abandonados. Y más importante todavía, quizás, a leer vuestra vida en la fe: Dios ha entrado en vuestra existencia; Dios os envía a «realizar su obra». Esta toma de conciencia, la debéis «pedir al Espíritu de Dios», y ésta es una gracia primeramente para vosotros -que culminará en acción de gracias– y para vuestros alumnos.

«a fin de anunciarlos»:

La Buena Nueva que debéis proclamar a los jóvenes lo ha sido primero para vosotros: habéis experimentado lo que son los dones de Dios, su salvación, su liberación y su amor. Porque esta Buena Nueva da sentido a vuestra vida, por eso habláis. Sois testigos de ello. La comunión del alumno y del maestro se realiza en la contemplación de un Misterio de amor que los supera o, mejor, los envuelve.

«a quienes estáis encargados de instruir»:

Se puede imaginar, según lo que precede, en qué consistirá «la instrucción» de estos jóvenes. Reside más en el dominio de la «revelación» que en el de la simple transmisión de un saber por ortodoxo que sea. «Tocados en el corazón» por Dios, llamados y enviados por Él al seno mismo de los sucesos de vuestra vida, os consideráis como «encargados» no sólo de «decir» vuestra experiencia, sino de lograr que estos jóvenes experimenten «la llamada» y «el envío» que el Dios de Jesucristo les dirige.

8.- Alejar los obstáculos a la salvación

Med. Retiro 5-3

«Pedid… la gracia de vigilar»:

El educador atento a la vida de los jóvenes, a los peligros morales y espirituales que pueden perjudicarlos, sabrá reconocer que, a través de los esfuerzos que hace, una gracia se le otorga. Su actitud no es, por lo tanto, primeramente moral: «es necesario» que yo vigile. Es su responsabilidad ante Dios la que está comprometida: ministro de la salvación de Jesucristo para esos jóvenes, quiere hacer «todo» lo «posible». Este «posible» viene de él y es, al mismo tiempo, don gratuito, don del Espíritu.

«por ayuda de Dios y por la fidelidad al empleo»:

El educador que quiere «discernir todo lo que podría constituir un obstáculo al bien» de los jóvenes puede conseguir «luces», sea al acudir a Dios, sea por la seria aplicación a su empleo.
Nos encontramos aquí con el realismo espiritual de La Salle: Dios y sus luces se encuentran en la oración, pero también, igualmente, a través de los encuentros y situaciones humanas.

«Todas las precauciones posibles… todo lo que podría constituir un obstáculo… todo lo que podría perjudicarlas»:

La espiritualidad lasaliana es exigente. Hay que hacerlo todo para que la salvación de estos jóvenes se asegure. Todo lo posible, ciertamente, pero sabiendo que la fidelidad a las exigencias del empleo y a la oración puede indefinidamente abrir nuevas posibilidades. La Salle está persuadido de esto: lo ha experimentado en su vida personal y a lo largo de su fundación. Escuchémoslo en una recomendación a sus Hermanos, de sabor muy siglo XVII:

«No os preocupéis tanto de saber cómo hay que hacer, para hacer perfectamente lo que debéis hacer, como de hacerlo tan perfectamente como sabéis; pues, haciendo perfectamente lo que sabéis mereceréis aprender y saber lo que no sabéis.» (Colección X, «Tocante al empleo del tiempo»).

«los niños que se os han confiado»:

«Confiado» por los padres, «confiado» por Dios; es igual. Se trata también de estos niños de aquí, estos niños muy concretos que tienen un nombre y un rostro. Las «caídas notables» a las que están expuestos, los «obstáculos al bien de sus almas» tienen también para el educador, en contacto con estos niños y atento al medio que los rodea, un nombre y un rostro, podríamos decir. Las cadenas de hoy no son tal vez las del siglo XVII, pero el objetivo de la educación permanece siempre el mismo: obrar de tal manera que todos y cada uno de estos niños lleguen a la libertad de los hijos de Dios.

J. B. s.. Anunciar el Evangelio a los pueblos, p. 271-273

9.- Medios de salvación al alcance de los alumnos.

Med. Retiro 1-3

«Dios os ha elegido minis­tros suyos»:

Juan Bautista de La Salle nos invita a releer nuestra vida en la fe. A través de los sucesos que nos condujeron a nuestro oficio de educador; a través de nuestras preocupaciones de educador ansioso de iniciar a los jóvenes en las exigencias de la vida adulta y cristiana, es el Dios de Jesucristo quien pasaba por nuestra existencia.
Nosotros hemos sido «agarrados» por Dios, hemos respondido a «una llamada», hemos sido «enviados» a estos jóvenes… Tal es la lectura que se nos invita a hacer de nuestros compromisos pasados. Y es esta lectura la que da pleno sentido a lo que voy a vivir el día de hoy con estos jóvenes. Y es ella la que me permitirá leer en la luz de Jesucristo la vida misma de estos jóvenes.

«para reconciliarlos con Él»:

Llamados por Dios, elegidos por El, debemos vivir en su intimidad. Pero vivir en la intimidad del Padre de Jesucristo es comulgar con su designio de salvación, es participar en su preocupación por la salvación de todos, es «ofrecerse» para trabajar en «su obra». Dios nos transforma en sus «ministros para» una misión. Una misión «de reconciliación». No pensemos demasiado pronto que se trata ante todo de conducir a los jóvenes al sacramento de la penitencia. La «reconciliación» que La Salle quiere ofrecer a los jóvenes es una totalidad. Se trata de hacerles vivir una experiencia de «salvación» tal, que se reconcilien con el Dios revelado en Jesucristo a través de su reconciliación con ellos mismos y con los demás.

«medios de salvación a su alcance»:

Es la condición misma de la salvación de los jóvenes. Y es la responsabilidad de sus educadores. He aquí lo que dinamiza la existencia del educador cristiano, lo torna atento a las verdades necesarias de los jóvenes y de su ambiente, lo invita a la creación pedagógica en los dos planos: escolar y catequístico.
El ministro del Evangelio debe hacerse todo para todos. Pobre con los pobres, ignorante con los ignorantes, lento con los lentos:

«Pues, como tales niños son ingenuos y, en su mayoría, están faltos de educación, necesitan que quienes les ayudan a salvarse lo hagan de modo tan sencillo, que todas las palabras que les digan resulten claras y de fácil comprensión.»

Med. Retiro 1 3

Med. 101-3
J. B. S., Anunciar el Evangelio a los pobres, p. 337

10.- Los milagros que estamos llamados a realizar

Med. 180-3

«Vosotros podéis obrar di­ versas clases de milagros»:

M. Sauvage y M. Campos escriben: «El empleo de este término («milagro») nos parece extremadamente sugestivo. En la perspectiva evangélica, los milagros de Cristo son ante todo «signos». Manifiestan de manera tangible la presencia y la fuerza transformadora del «mundo nuevo», en el corazón mismo de la realidad del mundo antiguo, La Salle considera como un «milagro» la transformación operada en la existencia de los niños pobres y abandonados, gracias a la presencia educadora de los Hermanos. Milagro que no consiste en un hecho de por sí maravilloso: el cambio sobreviene en el tejido cotidiano de vidas humanas ordinarias; ayuda a los pobres a lograr una existencia sencillamente decente, les da parte en las «Promesas» de Dios presente en la Iglesia. El milagro es la victoria lograda por los hombres animados de fe, esperanza y amor sobre un determinismo social que condena aparentemente a estos niños a una existencia infrahumana. El milagro es en definitiva la victoria pascual de la vida evangélica sobre la muerte debida a la opresión del «mundo». Este triunfo de la vida sobre la muerte es el signo de la fuerza de Dios que obra por los ministros que Él ha elegido» (J. B. S.. Anunc. el Evang., p. 288-289).

«tanto en vuestras personas como en vuestro empleo»:

Conviene relacionar siempre nuestra salvación personal con la de los niños. Es un pensamiento preferido por La Salle:

«No distingáis jamás entre los asuntos propios de vuestro estado y los de la propia perfección y salvación: convenceros de que nunca trabajaréis mejor por vuestra salvación y no adquiriréis jamás tanta perfección, como cuando os dediquéis intensamente a vuestros deberes de estado; con tal de que los realicéis según el orden de Dios.» (R. 184).

Por lo tanto, no hay que hacer distinción: el «milagro» de una «completa fidelidad a la gracia» está en la raíz de los «milagros en el empleo» y se refiere a estos «milagros».

«mudando el corazón de los niños descarriados»:

«Mudar el corazón de los niños», esta expresión vuelve con frecuencia a la pluma de La Salle: traduce el resultado de la acción educativa. A través de ella, a través de una relación fundada en el conocimiento individualizado, de proximidad fraterna, de «ternura», de servicio desinteresado y concreto, es como cierto rostro de Dios se revela al niño y se propone a su libertad. Llegar al «corazón» es, por lo tanto, convertir todo el ser: niños «descarriados» al comienzo, los niños son llamados a establecerse evangélicamente, de ahora en adelante, ante Dios y los hombres sus hermanos.
Para quien vive del Espíritu, el «deber» es considerado más que como una prescripción, como una exigencia del amor. Y esto vale tanto para los niños como para sus educadores:

«cumplidores de su deber»:

«Debéis procurar inspirarles los mismos sentimientos y ponerlos en las mismas disposiciones que San Pablo intentaba suscitar en los efesios por la epístola que les dirigió, donde les ruega: que no contristen al Espíritu Santo de Dios por el cual fueron sellados en el bautismo y en la confirmación.» (Med. Retiro 6-3).

J. B. S., Anunc. el Evang., p. 100-101

11.- Amad como Jesucristo ha amado a su Iglesia

Med. Retiro 9-2

«Dad muestras sensibles de que amáis»:

No se trata de contentarse con palabras: un amor que no sabe encontrar, para expresarse, las palabras y los gestos, como también las formas de un servicio real y durable, no puede ser verdadero.

«por el celo que os anima»:

Esta energía, este dinamismo que da la conciencia de una responsabilidad ante Dios (=el celo) no sólo vuelve generoso sino también creativo: encontrar esas palabras, esos gestos, esos servicios que «tocan el corazón», he aquí lo que el celo debe ayudarnos a hacer. Es decir, de otro modo, hace falta que nos abramos al Espíritu.

«hacedlos entrar en la estructura de este edificio que es la Iglesia»:

Esta entrada en la Iglesia no puede realizarse sin el respeto a las libertades. No es el instinto gregario, el abandono sociológico o el hechizo sentimental los que deben conducir a un joven a los gestos cristianos de la oración o de la práctica sacramental. Hay que tocar «el corazón»: la sede de la libertad y del amor, el lugar más íntimo de todo hombre. Es una llamada interior del Espíritu a la que la libertad del niño como del adulto están invitados a responder:

«Por estado, vosotros estáis encargados de la educación de los niños. Aprovechad las palabras y la prudente conducta de (San Anselmo), puesto que todo el interés lo debéis poner en infundirles el espíritu cristiano; considerad la obligación que tenéis de ganar el corazón de vuestros discípulos, como uno de los principales medios para moverlos a vivir cristianamente. Pensad a menudo que si no acudís a este recurso, los alejaréis de Dios en vez de conducirlos a Él.» (Med. 115-3).

«que puedan presentarse un día ante Jesucristo… y vosotros… para ser un día los herederos del reino de Dios»:

La acción del educador está situada siempre histórica y geográficamente: aquí y ahora es como debo revelar el amor del Padre a estos niños. Pero este esfuerzo de encarnación ha de vivirse en tensión: por una parte, es respuesta a una voluntad de Dios que me precede y me sobrepasa; por otra, corresponde a un cumplimiento y a una totalidad por venir. Los «tiempos por venir», la escatología, son el objetivo último de toda obra evangelizadora: que estos niños -¡y nosotros mismos!- sean «un día, los herederos del Reino»… La Salle nos invita a imaginar el gozo de los reencuentros:

«¡Oh! ¡Qué gozo experimentará un Hermano de las Escuelas cristianas, cuando encuentre gran número de sus alumnos en posesión de la felicidad eterna, de la cual le serán deudores, por la gracia de Jesucristo! ¡Qué correspondencia se dará entonces entre la alegría del maestro y la de los discípulos! ¡Qué unión tan estrecha tendrá en Dios el uno con los otros! Experimentarán, mutuamente, indecible contento, platicando entre sí acerca de los bienes que la vocación de Dios les permitió esperar, en relación con las riquezas de la gloria y con la herencia de Dios en la mansión de los santos.» (Med. Retiro 16-2).

«la gracia que les dispensó a ellos… y a vosotros»:

El educador vive en acción de gracias. Puesto que está atento a los dones de Dios. No sólo a los que se le han entregado sino también a los que gozan los niños. Anunciar la Buena Nueva a los pobres es el gran don de Dios tanto para el apóstol como para el evangelizado.

J. B. S., Anunc. el Evang., p. 301

12.- Agradecer a Dios

Med. Retiro 7-3

«Agradeced a Dios»:

Vivir de la espiritualidad lasaliana es vivir en la acción de gracias, Puesto que se ha aprendido a estar atento a los dones que Dios hace, en el corazón de la oración y en el corazón de la acción, «del empleo», de la vida.
El don más importante es esta presencia de Dios más íntima para nosotros mismos que nosotros mismos, el Espíritu. Y la palabra de la que debe nutrirse cada día porque cada día se nos ofrece; y la llamada que nos dirige a una relación viva con, cada una de las personas divinas; y el envío en misión que da todo su sentido a nuestro humilde «empleo»; la gracia, en fin, que no puede faltar a quien reza y le es fiel.

«la gracia que os ha concedido con vuestro empleo»

Los dones que nos han sido hechos y por los que queremos alabar al Señor no deben, en efecto, mantener un aspecto general abstracto y teórico. La Salle quiere que nuestra atención discierna a través de qué acontecimientos, qué encuentros de nuestras vidas históricas y situadas, de educadores y de alumnos, se manifiesta el amor providente y fiel de Dios.
«En su empleo»: he aquí, pues, el lugar en el que se producen los «Mirabilia Dei», las maravillas que Dios hace, los «milagros» que nos concede realizar en nosotros tanto como en los niños que se nos confía: los corazones son «tocados», la salvación de los jóvenes toma cuerpo, se insertan como hombres y cristianos en la sociedad y en la Iglesia; y nosotros mismos nos hacemos más abiertos al Espíritu, más «celosos» por la obra de Dios, más fraternos con los pobres, más generosos en el servicio desinteresado.

«participar en el ministerio de los santos apóstoles»:

Nuestro «empleo» es participación en el ministerio de los apóstoles, Un texto de San Pablo nos ilustra especialmente (Med. Retiro 7-1):

«Dios, que escogió y destinó a San Pablo para predicar el Evangelio a las naciones -como él mismo lo dice- le otorgó, en consecuencia, tal conocimiento de los misterios de Jesucristo, que le puso en condiciones de echar, cual experto arquitecto, los cimientos del edificio de la fe y de la religión, levantado por Dios en las ciudades donde él iba anunciando el Evangelio, según la gracia que Dios le había concedido de predicarlo el primero en aquellos lugares, Por lo cual pudo decir con toda exactitud que los evangelizados por él eran obra suya, y que él los había engendrado en Jesucristo.
Vosotros podéis decir, sin pretender un parangón con este santo, que -guardada la proporción existente entre ambos empleos- hacéis lo mismo y ejercéis idéntico ministerio en vuestra profesión.»

Todo lo que constituye el ministerio para La Salle está aquí: ser «elegido» por Dios, «para predicar el Evangelio», tener un profundo «conocimiento de los misterios de Jesucristo»; «fundar» la Iglesia «según la gracia recibida», «engendrar» hijos de Dios «en Jesucristo», realizar «una obra» que es también «la obra de Dios».
Aunque La Salle no coloca en el mismo nivel «el empleo» de los Hermanos y el del Apóstol, no deja de afirmar que cuanto hacen estos educadores participa en el mismo «ministerio»: «Vosotros hacéis lo mismo… ejercéis el mismo ministerio», ¡No se podría ser ni más claro ni más enérgico!

«honrad vuestro ministerio»:

Si el ministerio del Hermano es también «participación» en el de los «apóstoles y de los principales obispos y pastores de la Iglesia», se puede estimar la responsabilidad confiada.
La Salle insiste en «la obligación» de ser fiel a la llamada, celoso por cumplir la misión, ávido por alimentarse de la palabra, la única que da la inteligencia del misterio, cuidadoso por hacer la salvación accesible a los más abandonados y por construir la Iglesia. El honor del ministerio, en definitiva, es conducir al seguimiento de Cristo, incluida la muerte:

«Poned, pues, de manifiesto en todo vuestro proceder con los niños confiados a vuestra custodia, que os consideráis como ministros de Dios, desempeñando el oficio con caridad y celo sincero y verdadero, sobrellevando con mucha paciencia las molestias que en él hayáis de padecer, felices por ser despreciados por los hombres, y perseguidos hasta dar la vida por Jesús, en el ejercicio del ministerio.
El celo que ha de animaros debe poneros en tales disposiciones; en vista de que Dios os ha llamado y destinado a este empleo, y que os envía a trabajar en su viña, desempeñadlo, pues, con todo el afecto del corazón y como quien trabaja sólo por El.» (Med. Retiro 9-1

¡Sin duda, aún no nos encontramos aquí! En una fórmula que resume, ella sola, las grandes orientaciones de su espiritualidad, Juan Bautista de La Salle nos dice: «¡Rezad!».

«Rezad a Dios para que os conceda la misma gracia que otorgó a los santos Apóstoles y que, después de llenaros de su Espíritu para vuestra santificación, os lo comunique también para la salvación de los demás.» (Med. 43-3).

De la «Declaración sobre el Hermano en el mundo actual, n.0 40, 4-5

«El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido.

Me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad,

Y a los ciegos, la vista.

Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor.»

Lucas 4, 18-19


Publicado originalmente por:

Centro Vocacional La Salle Bujedo (Burgos)
ISBN: 84-85871-00–6
Depósito Legal: S. 575-1980
Maqueta e impresión: Gráficas Ortega, S.A. Polígono El Montalvo-Salamanca, 1980

Foto destacada: Llíria, encuentro de Directores Técnicos y Jefes de Estudio, septiembre 2025.