Título de la charla:
Espiritualidad: educar la inteligencia espiritual en contextos de incertidumbre.
Autor: Francesc Torralba

Audio (catalán) con la intervención de Francesc Torralba para los educadores de los Colegio La Salle de Alaior y Maó el 26 de junio de 2026.
En el minuto 53’31» termina su exposición y comienza un turno de preguntas.

Audio (castellano) con la intervención de Francesc Torralba para el claustro de educadores de los Colegios La Salle de Paterna, Alcoi, L’Alcora, Benicarló i Teruel, el 29 de junio de 2026 en Paterna. En el minuto 51’48 empieza un turno de preguntas.

Gracias a Francesc Torralba por su disponibilidad y su buen hacer.

Ecos compartidos de las Jornadas Institucionales

Durante las jornadas celebradas en Palma, Menorca y Paterna, se invitó al profesorado a compartir aquello que iba resonando durante las ponencias y al finalizar el encuentro. Gracias a esas aportaciones, podemos hacer ahora una lectura compartida de lo vivido, no como cierre, sino como punto de partida para seguir caminando juntos.

Las respuestas muestran que las dos ponencias han tocado cuestiones profundas de nuestra tarea educativa: el sentido, la espiritualidad, la incertidumbre, la vocación, la mirada al alumnado, la escucha, el acompañamiento, la salud mental, el cuidado del profesorado y el lugar que ocupa la escuela en un mundo cada vez más acelerado, digitalizado y complejo.

1. Educar la inteligencia espiritual: sentido, profundidad y vocación

Una de las resonancias más repetidas ha sido la necesidad de recuperar la inteligencia espiritual como dimensión esencial de la educación integral. Muchas aportaciones subrayan que no se trata de un añadido ni de un tema secundario, sino de algo que toca el centro de la persona: el sentido de la vida, la capacidad de hacerse preguntas, la búsqueda de propósito, la interioridad, la contemplación, la trascendencia y el compromiso con los demás.

Ha resonado con fuerza la imagen de la escuela como “tierra” o “refugio educativo”: un espacio donde el alumnado pueda crecer, desarrollar sus capacidades, construir un proyecto de vida, afrontar la incertidumbre, crear vínculos auténticos y descubrir que su vida puede orientarse al servicio, a la fraternidad y a la mejora del mundo.

También aparece con claridad la necesidad de que el educador sea testigo. Se repite la idea de que no podemos educar la espiritualidad si no la cuidamos en nosotros mismos. De ahí surgen preguntas importantes: cómo acompañar a los educadores para descubrir, vivir e impulsar su propia espiritualidad; cómo despertar esa dimensión cuando parece dormida; cómo sostenerla en medio de la rutina, la presión y las tareas diarias; y cómo hacerla visible en la vida del aula sin que quede reducida a un discurso teórico.

Otro bloque importante de aportaciones se sitúa en torno al lenguaje y la propuesta cristiana. Varias voces señalan que hoy la palabra “espiritualidad” puede ser mejor acogida que otras expresiones explícitamente cristianas, y se preguntan qué nos está diciendo esta realidad. Aparece una tensión fecunda entre el respeto, la propuesta, la explicitación de la fe y el temor a ser percibidos como antiguos, impositivos o desconectados del mundo actual. Desde ahí se formula una cuestión de fondo: cómo proponer con claridad, sin imponer; cómo hablar de lo cristiano en contextos diversos; y cómo acompañar al alumnado que no tiene referentes religiosos o que incluso parte de un cierto rechazo.

También ha resonado la relación entre espiritualidad, pensamiento crítico y mundo digital. Ante la inteligencia artificial, la hiperconexión, las pantallas, la inmediatez, el consumismo y la dificultad para sostener el silencio o el aburrimiento, muchas aportaciones recuerdan que lo profundamente humano no puede ser sustituido por una máquina: la sensibilidad, la experiencia vital, la conciencia, la interioridad, la empatía, la capacidad de maravillarse y de hacerse preguntas últimas.

En síntesis, esta primera ponencia ha despertado gratitud, reflexión y muchas preguntas prácticas. El gran reto que queda abierto es cómo pasar del convencimiento a la vida cotidiana de la escuela: tiempos, estructuras, propuestas, formación, acompañamiento, lenguaje, testimonio adulto y experiencias que ayuden al alumnado a mirar más allá de lo inmediato.

2. Acompañar desde la mirada: presencia, escucha y límites.

La segunda ponencia (Beatriz Martínez Núñez – Psiquiatra) ha generado una resonancia muy directa con la realidad diaria del profesorado. Muchas aportaciones destacan la importancia de la mirada: mirar más a los ojos y menos a los papeles; mirar al alumno antes que al currículo; mirar sin etiquetar; mirar la realidad que hay detrás de cada conducta; mirar la “mochila” que cada niño, niña o joven trae consigo.

Se repite con fuerza la idea de que acompañar no significa resolverlo todo, ni asumir toda la responsabilidad, ni sustituir a los profesionales especializados. Acompañar es estar disponible, escuchar, acoger, comprender, detectar, sostener, orientar y no juzgar. Esta idea ha sido especialmente significativa: no hace falta ser perfecto, hace falta estar disponible.

La escucha aparece como una clave central. Escuchar con los oídos, pero también con los ojos; estar presentes; atender cuando el alumnado habla; cuidar esos pequeños momentos en los que quizá alguien está intentando decir algo importante. Muchas aportaciones recuerdan que una palabra, una mirada, un gesto o una presencia pueden marcar la vida de una persona. También se ha recogido con fuerza la frase: “Mi profe no me curó, pero fue la primera que me vio”, que resume muy bien el valor educativo de una mirada que reconoce.

Junto a esta convicción aparece una preocupación clara por la salud mental del alumnado. Se plantean preguntas sobre si estamos ante un aumento real de las dificultades o ante una mayor visibilización y diagnóstico; sobre el impacto de las redes sociales, las adicciones, la sobreprotección, la falta de propósito, la incertidumbre y la dificultad para afrontar la frustración; y sobre cómo ayudar sin invadir, sin diagnosticar y sin actuar fuera del papel que corresponde al educador.

Otro eco muy repetido es el cuidado del que cuida. Muchos docentes se han preguntado quién acompaña al que acompaña, cómo cuidarnos como educadores, cómo ser adultos seguros cuando la realidad educativa se vive a veces como insegura, y cómo sostener una mirada humana en medio de la burocracia, la presión, la falta de tiempo y la exigencia constante. Esta preocupación no aparece como queja aislada, sino como una condición necesaria para poder acompañar bien al alumnado.

La ponencia ha sido recibida como una llamada a volver al centro de nuestra misión: personas antes que papeles, alumnado antes que currículo, comprensión antes que juicio, presencia antes que prisa. Muchas aportaciones expresan gratitud porque el profesorado se ha sentido reconocido, comprendido y confirmado en una tarea que muchas veces es silenciosa, compleja y emocionalmente exigente.

3. Lo que aparece en la valoración final

En las aportaciones finales se percibe que la espiritualidad se vive, para muchos educadores, en lo cotidiano: en el acompañamiento diario, en la relación con cada alumno y alumna, en la confianza, en la constancia, en la fe, en la capacidad de creer en las posibilidades del otro y en la decisión de educar desde el corazón.

También aparece una idea importante: estas jornadas no han sido solo un espacio para escuchar ponencias, sino una oportunidad para detenernos, pensar, revisar nuestra propia vivencia y preguntarnos cómo estamos educando, acompañando y cuidando la dimensión más profunda de las personas.

4. Preguntas que quedan abiertas

De todo lo compartido emergen algunas preguntas que conviene seguir trabajando como sector:

¿Cómo podemos traducir la inteligencia espiritual en propuestas concretas de aula, de centro y de comunidad educativa?

¿Cómo acompañar al profesorado para que pueda vivir y cuidar su propia espiritualidad antes de intentar educarla en el alumnado?

¿Cómo proponer la espiritualidad cristiana con claridad, respeto y significatividad en el contexto actual?

¿Cómo cuidar la salud mental del alumnado sin invadir funciones que corresponden a otros profesionales?

¿Cómo proteger tiempos reales para mirar, escuchar y acompañar cuando la burocracia y la urgencia ocupan tanto espacio?

¿Quién cuida al profesorado que acompaña cada día?

¿Qué lugar deben ocupar el silencio, la contemplación, la filosofía, las humanidades, la interioridad y el pensamiento crítico en una escuela cada vez más atravesada por la tecnología y la inmediatez?

5. Cierre

Las aportaciones recogidas muestran que las jornadas han abierto reflexión, agradecimiento, preguntas y también llamadas concretas a la acción. Nos recuerdan que educar no es solo transmitir contenidos, sino ayudar a cada persona a descubrir quién es, qué sentido tiene su vida, cómo puede afrontar la incertidumbre y cómo puede ponerse al servicio de los demás.

Como educadores y educadoras lasalianos, seguimos llamados a ser presencia significativa: tierra buena, mirada atenta, palabra que sostiene, comunidad que acompaña y espacio donde cada alumno y alumna pueda sentirse visto, escuchado, cuidado y llamado a crecer.

Gracias por compartir vuestros ecos. En ellos se reconoce una comunidad educativa viva, que piensa, se cuestiona, agradece, se preocupa y desea seguir educando con profundidad, humanidad y esperanza.